1 jun. 2014

Para los que no nos interesa el fútbol, este deporte es una serpiente que no termina de pasar, y no lo digo por lo que de repugnantes puedan tener los ofidios sino por lo largo que de su cuerpo en movimiento. Que si los partidos de Liga, que si la Copa, que si la Supercopa, que si la Recopa o el Mundial, el juego del balón no nos da un respiro. Si fuese como el bádminton, deporte anónimo que no sé cuándo se juega, ni dónde ni por quién, no me lanzaría a escribir un artículo como éste. Y no es que prefiera los deportes invisibles. Lo que me llega a cansar del fútbol es su persistencia, su lenguaje (aquí sí que me veo implicado, cosas que tiene esta profesión de juntaletras) y el lugar al que hemos aupado a entrenadores y, sobre todo, jugadores.

Convertirse en un profesional del gol tiene su mérito, no lo ninguneo, como mérito tiene el correcto desempeño de cualquier otra profesión. Si llegar al estrellado de un equipo de primera división es algo así como la realización de un imposible, qué no diré de los elegidos que forman parte de la élite que viste la camiseta blanca, la azulgrana o –no digamos- la cambiante de la selección que defenderá los colores de nuestra bandera en Brasil.  Ahora, una cosa es reconocer las condiciones físicas de aquellos que se alinean (¿se dice así?) tras un escudo de primera y otra concederles patente de héroes.
Leo papeles antiguos y me encuentro que cuando el fútbol tenía un nosequé de ínfula inglesa, los jugadores corrían de un lado al otro del campo durante los fines de semana, pues el resto del tiempo lo dedicaban al estudio. Los tiempos han cambiado, lo asumo, y parece que no ha lugar a que un chico al que trabajan como si fuese una máquina pasee por un campus universitario. Pero disponer de preparadores, entrenadores, masajeadores, fisioterapeutas, médicos y el sursum corda sigue sin conferirles el grado de héroes cuya heroicidad, por cierto, se resiente cada vez que salen al campo no sólo con el propósito de ganar al rival sino de mostrarnos sus últimas apuestas en peluquería, tatuaje y depilación, todas ellas de dudoso gusto y no demasiada hombría. Los héroes, lectores míos, no suelen preocuparse por ese tipo de menudencias.
Y si el fútbol no me interesa ni logran conmoverme sus disputas, me atrae mucho menos la guisa con la que se celebran lo que algunos cursis han llegado a llamar “combates”, como si las guerras de este tiempo tuviesen como escenario una hierba cuidada con esmero. Claro que cuando a un partido, a una final, se le da el carácter de batalla, resulta natural que llenemos la pechera de sus protagonistas con medallas al valor y que para el regocijo de sus victorias se cierren las calles, se colapsen las ciudades, se construyan escenarios y se mantee a nuestro queridísimo Manolo Escobar, que en gloria esté, en medio de un baile con la bandera a modo de faldón.
No me interesa el fútbol, siento repetirme, aunque me parece admisible que lo consideren el deporte rey (otro adjetivo sorprendente), que mueva pasiones, que encandile a la masa, que determine la decoración de algunos bares,  que pondere la aristocracia de algunos de los palcos de sus estadios, pero, por favor, que los futbolistas no se arroguen la capa del héroe ni su antifaz, que el heroísmo es una cualidad de la gente silenciosa, una madre que atiende a su hijo, tantos años enfermo, un misionero que no pide aplausos, un padre capaz de hacer magia con tal de llevar los garbanzos a casa.




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