15 oct. 2014

Las enseñanzas morales de la Iglesia soliviantan a aquellos que presumen de no vivirlas, especialmente en los aspectos que el pueblo de Dios sabe colocar en su justo lugar. Un cristiano no se pasa la vida dándole vueltas al sexto y al noveno mandamiento. Son importantes, sí, pero en el orden de prioridades divinas fueron colocados detrás de principios irrenunciables para quien pretende vivir como buen hijo de Dios, comenzando por el definitivo <<Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo>>.

Lo escribo a cuenta del Sínodo de Obispos sobre la Familia. Se trata de una reunión de pastores, alrededor del Papa, fundamental para el católico del siglo XXI y, por alusiones, para el hombre y la mujer de buena voluntad. No en vano, la familia es puntal de todas las sociedades habidas y por haber, pues sin familia no hay estabilidad, acogida, entendimiento ni paz.

A los periódicos, cadenas de radio y televisión de mi país llega, día sí y día también, la matraca acerca de la Iglesia y el “matrimonio” homosexual, de la Iglesia y los hijos de estos “matrimonios”, de la Iglesia y las parejas de hecho, de la Iglesia y la comunión de los divorciados vueltos a casar… como si fuesen las únicas razones por las que el Santo Padre ha llamado a una representación de los pastores del mundo. De Francisco sólo pueden esperar –lo dicen y escriben, pero no se lo creen- un cambio de doctrina que anule la de Cristo y la de más de 2.000 años de magisterio y tradición.
Puede que en la Europa descreída haya algún obispo deslenguado, puede que alguien con mala fe y poca lealtad filtre pasajes interesados de estas reuniones o de las conversaciones que en privado mantienen los representantes de la catolicidad. Puede. Pero no entiendo la persistencia de los medios de comunicación, ya que ni sus cabeceras ni su línea editorial muestran respeto por una fe libremente asumida que, parece, les produce urticaria.

Quisiera saber cuántos son los homosexuales a los que, unidos en “matrimonio”, les preocupa o siquiera interesa lo que pueda sugerir el Sínodo de los Obispos. Quisiera saber cuántos son los “padres” y “madres” homosexuales que estarían dispuestos a seguir las indicaciones de la Iglesia. Quisiera saber cuántos son los divorciados vueltos a casar que reclaman recibir la comunión. Porque la insidia de la prensa ante el Sínodo, me hace pensar que pudiera estar alimentada justamente por la ausencia de voces que solicitan esos cambios que a los periodistas parecen cruciales.
El mundo no es sólo el Occidente descreído, gracias al Cielo. Incluso en estos países que parecen arrasados por lo que Benedicto XVI llamaba “la gran apostasía” florecen millones de personas comprometidas con la fe que la Iglesia custodia. ¿Y si fuese esto lo que de verdad les preocupa?


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