17 oct. 2014

El feminismo es una mezcla de ideología trasnochada y necesidad apremiante. Trasnochada porque las exigencias con lírica de Simone de Beauvoir huelen a naftalina y están recubiertas de patas de gallo, por más que Naciones Unidas se empeñe en defenderlas; por más que las feministas más recalcitrantes sigan firmando columnas de opinión en las principales cabeceras del mundo mundial, arrogándose la voz de algo más de media humanidad.

Es cierto que en Occidente este feminismo de pantalón de campana ha calado profundo. Nuestras mujeres cargan, sin merecerlo, las consecuencias de esta pseudofilosofía impuesta a golpe dictatorial. En aras de un decálogo demodé, cada día se ven obligadas a ocultar aspectos maravillosos de su condición, sin que las tragaderas de este discurso se vean compensado por el respeto social. Y es esta falta de ese respeto continuada la que convierte el feminismo en una necesidad apremiante.
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Las que lideraron la causa feminista en los sesenta, setenta y ochenta del pasado siglo sólo eran representantes de un tipo de mujer que habían fabricado en el laboratorio del desencanto. Entre otras cosas, se rebelaron contra los atributos que nos concede la naturaleza, a la que interpretaban como un enemigo a batir.  Y a su cabreo le pusieron nombre, el famoso concepto de “género” que hoy impregna buena parte del lenguaje administrativo, para desgracia de quienes estamos sometidos a gobierno (es decir, tú que me lees y el menda que te escribe). Al lío del “género” también contribuye el periodismo, a juzgar por la intencionalidad con la que se escriben muchas noticias y editoriales. Y tampoco el ocio –industria principal del siglo XXI- se les queda a la zaga.

De tanto confundirnos, el ciudadano de a pie cree que género es lo mismo que sexo. Y que sexo es lo mismo que género, desconociendo que el término de marras identifica la condición sexual con una decisión personal, de tal modo que ser hombre y mujer depende, únicamente, de una decisión mental. Género por aquí, género por allá, nuestro mundo se ha hecho un lío, obligando a la mujer –insisto, la gran perjudicada- a adoptar una esquizofrenia que le dificulta vivir con plenitud e intensidad aspectos medulares de su condición, desde la feminidad (esa suma de virtudes que a los hombres nos encandilan al tiempo que nos hacen tanto bien, entre las que destacan el cuidado del detalle, la capacidad para hacer múltiples cosas a un mismo tiempo, la fortaleza para solventar las dificultades que trae la vida y el valor ante todo lo que a los hombres nos acobarda) a la familia (el sano deseo de querer y ser querida con fidelidad, de ser madre, de criar, cuidar y educar a los hijos).
Muestra del feminismo sectario y acartonado es la noticia que nos ha llegado esta semana: Facebook y Apple ofrecen a sus trabajadoras la posibilidad de congelar sus óvulos para que no vean frustrado –por motivos laborales- el deseo de la maternidad. Lo han pintado, claro, de colores humanitarios, como si los presidentes de ambas compañías no pudiesen dormir, aguijoneada su conciencia ante el cada vez mayor retraso con el que sus empleadas de la América más selecta ven cumplido el gozo de ser madres. Y con esos colorines nos lo han servido los medios de comunicación.

¿No será que Mark Zuckerberg y Tim Cook contemplan la maternidad como un enemigo de su fabulosa cuenta de resultados, para cuyo éxito es fundamental el genio de sus empleadas? Ellos han decidido que a una mujer en edad de procrear hay que colocarle un candado, no vaya a ser que ejerza la libertad de embarazarse en los mejores años de su fertilidad. Por eso ofrecen el congelador –el mismo que tienen los ganaderos para preservar la genética de sus vacas-, la extracción de óvulos, el sello… con la injerencia propia del hombre ofuscado, aquel que trata a la mujer con el desdén que se merecen los muebles.
Insisto, el feminismo es una necesidad apremiante.



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