13 nov. 2014

Los chinos se han enfadado con Obama porque el presidente de la nación más poderosa del mundo masca chicle. No es que les moleste que haya batido la mandíbula en la lujosa suite del lujosísimo hotel en el que –supongo- se habrá alojado durante la Cumbre en Pekín. De haber masticado en la intimidad de un rascacielos, sólo la limpiadora encargada de asear ceniceros y papeleras se lo podría haber afeado, por haberse visto obligada a despegar los detritos amarrados en el fondo del cristal o del plástico, salvo que Mr. Yes, we can sea de esos que se deshacen de la bolita salivada prendiéndola en los bajos de sillas y sillones, para sorpresa de futuros tapiceros.
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Se han enfadado porque los ha mascado en el mismísimo salón de debates, dale que te dale con la gomita mientras intervenían los líderes de otras grandes potencias.
Por haberse irritado ante semejante falta de saber estar, hoy los chinos me gustan mucho más que hace unas horas, a pesar de su mala fama por escupir en la calle sin miramientos. También en España nos comemos los mocos en los semáforos sin que nadie alce la voz.
Obama parece un tipo amable, algo frío para tener sangre keniana. Reconozco, además, que los trajes le sientan bastante mejor que a mí. Ahora, lo del chicle lo desmerece todo porque su consumo debería de ser uno de los males a erradicar por la OMS, que son las siglas de un organismo encargado de velar por la salud del mundo, que pertenece a ese macroministerio del despropósito al que llamaron Naciones Unidas.
Ya sé que el problema del chicle no es sanitario, por más que a partir de cierta edad los empastes puedan quedarse prendidos a la bola untuosa que viaja de uno a otro molar. Pero la ONU, feliz inventora de siglas, organismos, secretarías, comisionados, delegaciones, despachos, cascos azules, desplazados y demás ensaladas, aún no se ha sacado de la manga un –por decir- OMBE, lo que es lo mismo que Organización Mundial de las Buenas Maneras,  que colocara el mascado de chicle a la altura de la riñonera o de la uña larga del dedo meñique. Así que, a falta de pan, buenas son tortas para denunciar la fea costumbre del gerifalte yanqui.
Todos los padres nos hemos visto obligados a cortar el suave mechón de alguno de nuestros hijos, a cuenta de un chicle con destino equivocado. Y a frotar el zapato y utilizar ramitas a modo de palanca, cuando una goma desconocida se ha empeñado a ejercer de parche de bicicleta en nuestra suela. También he tenido que eliminar parte de las barbas de Pipa, mi perra, por olisquear el parque allí donde algún desaprensivo había lanzado el chicle ya sin sabor.
En estos tiempos en los que la buena educación brilla por su ausencia, mascan chicle los niños mientras el profesor trata de explicarles la lección. Y lo mascan también los padres cuando se reúnen con el susodicho para negociar los suspensos de la criatura –es posible que el maestro también menee el rostro a mandíbula batiente-. Hacen globos los chóferes de los autobuses públicos, y tiran de él hasta formar una larga y camaleónica lengua las funcionarias de ventanilla. Al chicle le da el militar mientras calcula los grados del tiro del cañón, y la mujer de la limpieza al tiempo que pasa la escoba, y el cirujano jefe durante la laparoscopia y el fontanero que rellena la factura con la que va a soltarnos un rejonazo.
Hace unos días acudí a unas urgencias hospitalarias con el mayor de mis hijos, aquejado de un ataque agudo de apendicitis. El pobre parecía un cuadro de sufrimiento, doblado sobre sí mismo en aquella sala. Justo enfrente de él se encontraba un señor que acompañaba a una señora a la que acababan de ponerle una vía en la muñeca. Él mascaba chicle, por supuesto, mientras ella le daba también al bailoteo de quijada. No nos saludaron ni se interesaron por el dolor de mi quinceañero sino que continuaron –chaca, chaca, chaca- sacando hasta la última sustancia de la golosina mientras nos miraban sin pestañear como si fuésemos un televisor. Y, no hace falta subrayarlo, con la boca abierta.
No me imagino a Cary Grant aficionado al chewing gum, tampoco a la etérea Audrey Hepburn en un concurso de globos, ni a David Niven pelando una tira con sabor a fresa ácida. Por el contrario, ¿no recurriría Torrente al chicle para disimular la ausencia de un diente? Pueden contestarse ustedes mismos.
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