7 nov. 2014

Noto que me estoy haciendo mayor. No solo por las canas, que como en el tango “blanquearon mi sien”, ni por la tripa rebelde que ya no hay valiente que la someta, sino porque mis hijos suelen iniciar muchos de sus interrogatorios con un concluyente <<papá, en tus tiempos…>>, como si los padres nos jubiláramos del presente a partir del día en el que los hijos comprenden que hubo un antes y un después, es decir, un hoy que es solamente suyo y un ayer que, sí, nos perteneció a los que ya no logramos correr al ritmo del ahora.

“En mis tiempos”… ¿Cuáles fueron esos tiempos? Me lo pregunto con frecuencia, sobre todo cuando entre mis brazos escritores se asoman los ojos llenos de curiosidad de Sofía. Nadie como ella, a sus cinco años, queriendo resolver la ecuación de la vida a partir de esa nebulosa en la que su padre debió ser joven, debió ser niño, debió ser… Es un ámbito en blanco y negro, enmarcado por esas blondas de las fotografías antiguas, aquellas en las que mis padres vivían “sus tiempos”, aquellas en las que mis abuelos vivieron “sus tiempos”, aquellas en las que mis bisabuelos… ¿Es que mis bisabuelos tuvieron “su” tiempo? A veces lo dudo, pues parecen figuras de cera en su inmovilidad de fogonazo de magnesio, rostros impávidos, de hombres y mujeres que se quedaron varados en ese arenal en el que se desmiga el recuerdo.
Joan Manuel Serrat también es esclavo de su tiempo, de esa Nova canço germinada en la agonía de aquel viejo Caudillo del NODO. Lo conocí desempolvando álbumes en la casa de mi abuela, una portada -muy sencilla- de color burdeos con el busto de Antonio Machado entre llamas. Era niño -periodo en el que el arte de Serrat aburre-, pero no pude resistirme a la curiosidad por descubrir qué había escondido en los surcos de vinilo, aquel homenaje al poeta que gastó las suelas de sus zapatos en el camino del exilio hacia Colliure.
Serrat fue para mí las coplas de Machado antes de saber que este poeta es el preferido de Alfonso Guerra (me cuesta creer que lengua tan viperina, dinosaurio calentador de escaño, se estremezca con la fineza del trovador que paseaba por el invierno de Soria). La voz del catalanismo más templado daba música a aquellos poemas que evocan la España que fuimos, de calor y moscas, de escritor rasgando la pluma sobre el velador de un café, de caballeros y doblar de campanas, de olmos heridos y escaleras para subir a la Cruz, de un patio de Sevilla, un huerto y un limonero, de una piel de toro hendida por la envidia.
Reconoce Joan Manuel que los cantautores nacieron al rebufo de la música francesa, en la que artistas de la talla de Brassens abarrotaban los auditorios con los únicos imanes de una guitarra y un cancionero en el que se mascaba el desencanto. En el espejo de los modernos juglares del teatro Olimpia se miró Serrat, que nunca ha pulseado bien la guitarra, que para él es un complemento, un atrezo, un símbolo de su imagen protestona. En el espejo de aquellos cantores se dibujaron también los perfiles de Raimon, Llac, Bonet, Labordeta, Ibáñez y otros que en sus números musicales parecían estar siempre entristecidos.
Joan Manuel Serrat ha sido el único superviviente de aquella ola en la que los recitales eran también un mitin, a veces un mitin bellísimo porque sus letras cuidadas pellizcan el corazón y la razón, lejos de la intrascendencia del pop, también del que cantan Miguel Bosé y Sabina, por mucho que frunzan las cejas con gesto intelectual.
Para mis hijos la nova canço es una pesadilla, un castigo, un remedio letárgico para el insomnio, un capricho de papá, ese papá que tuvo su época antes de descabalgarse del tiempo para convertirse en viejo. Ellos prefieren la música DJ, que a mí me revienta los nervios por su agresividad sintetizada.
Confío que un día crecerán, que –como me sucedió a mí- tararearán “Mediterráneo” para enseguida buscar el significado de “recodo”, “parca” y “genista”. Y no podrán resistir el asombro ante un artista que celebró cincuenta años de carrera sobre las tablas de un escenario.
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