7 dic. 2014

El cristianismo es fe de la afirmación porque no se sustenta en el miedo. Al final del camino vital puede haber castigo, quién lo niega, pero no por voluntad de Dios sino del hombre que se empeña, hasta el final, en dar la espalda a la felicidad. De este modo, no es Satanás el que condena a las almas a sus infiernos –no tiene atribución para ello- sino el pecador no arrepentido el  que rubrica por voluntad propia el pasaje a tan indeseable destino.

El cristianismo es fe de la afirmación, insisto, pero es posible que los fieles del siglo XXI arrastremos modos de pensar y de actuar cimentados en una actitud defensiva, que no es la característica propia de la caridad.

Quienes no creen, nos lo reprochan, y no pocas veces sin razón, quizás porque en nuestros cenáculos hablamos más de la falta que del perdón, de la tribulación que de la alegría, de la persecución –hoy sutil en España y en México, brutal en algunos países de mayoría musulmana- que de la libertad, cuando perdón, alegría y libertad son características fundamentales del cristianismo.

Si a resultas de hacer balanza de nuestro actuar, el resultado se inclina hacia el apocamiento, la prevención y una constante defensa contra el que piensa y actúa de modo diferente, deberíamos considerar si nuestro compromiso es una mala caricatura de la soltura con la que Jesús y los santos se han movido por la Tierra, abriendo su corazón y su hogar a hombres y mujeres a los que nosotros (por una mal entendida prudencia) ni siquiera permitiríamos limpiarse los pies en el felpudo.
Lo mejor que tienen las biografías de los santos son esos pasajes que narran su relación con el mundo, ese mundo que, no nos engañemos, en todas las épocas parece más cerca de las sombras que de la luz. No hay un solo caso en el que el beato o el santo, la beata o la santa, hayan escondido su condición de Hijos de Dios, lo que conlleva un vivir sin prejuicios, aceptando a los demás sin preguntarles antes por sus afiliaciones, poniendo cuidado, tan solo, en que su acogida no ofendiese a Dios.

Cuando se vive con Jesús en el corazón no caben medias tintas: el Amor se entrega sin condiciones ni disfraces. Por eso resulta especialmente atractiva la capacidad de los últimos Papas para anudar lazos de verdadera amistad con personas agnósticas, para entenderse con autoridades religiosas de otras confesiones, para escuchar con atención los argumentos de quien piensa distinto, para explicar la doctrina de la Iglesia sin intención de imponer sino de proponer.


La Iglesia no demanda cristianos con las lanzas en ristre sino con los brazos abiertos, hombres y mujeres que sin renunciar a una sola coma del castillo de su fe, abran puertas y ventanas, tiendan puentes y ofrezcan las tiendas instaladas en el patio para que el prójimo se sienta atendido (que no juzgado), querido (que no utilizado), amigo (que no conocido).
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