26 ene. 2015

Es inquietante el espectáculo de la política, un teatro en el que los actores se ven obligados a aplaudir por indicación y no por convicción, como en los programas de televisión que cuentan con público que sacude las manos cuando el regidor levanta un cartel.
En la política no hay cartel, al menos que podamos distinguir desde el sillón de casa, pero todos los miembros de la bancada aplauden al unísono y con parecida intensidad. Los diputados y senadores saben que el secretario o la secretaria general tienen una libreta en la que apuntan a quien se queda un par de palmadas por detrás.
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Hay que aplaudir en los momentos de énfasis de las intervenciones, allí donde el orante se aprieta los machos y eleva el tono de voz, especialmente si quien habla desde la tribuna hace de cabeza de cartel. Cuando el escenario es el Congreso de los Diputados –areópago en el que los de las primeras filas tienen asegurado, además, unos instantes en el telediario–, al aplauso ha de sumarse un gesto de arrobo, como si estuvieran escuchando un oráculo divino, o un visaje retador si la oposición juega a la pataleta.
Los congresos de los partidos son caldo de cultivo para la ovación cerrada a los discursos previsibles. A golpe de ruido manual y entusiasta, los números pretenden ascender a la categoría de mandos. Aplauso va, aplauso viene, se regalan abrazos y besos, se elevan los brazos triunfadores los unos a los otros, mientras la otra mano –la de matar– sostiene con fuerza el cuchillo al que llaman relevo.

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