24 ene. 2015

La Historia dio un giro definitivo el día que Jesús abolió la Ley del Talión, marca de la casa de los judíos de aquel tiempo en el que el uso de la venganza no distinguía a los hijos del Pueblo Elegido de los paganos.

La represalia fue una desviación, pues en el compendio de la doctrina recogida en la Escritura y en las interpretaciones de los justos doctores de la Ley, no se reconoce como voluntad de Yahvé devolver el mal con mal. La justicia bíblica nada tiene que ver con <<el que la hace, la paga>>, desquite que no sólo fue de uso habitual en tiempos de Nuestro Señor sino que acompaña al hombre desde el inicio de la especie, incluso en aquellas sociedades tolerantes, también en las que dicen ajustarse a los principios de la cosmovisión cristiana.

Cuando al caerte de niño te abrías una herida, solíamos decirnos que aquello era un castigo divino por una mala acción, escarmiento que Dios utilizaba para enseñarnos que no habíamos sido buenos. ¿Quién nos lanzó el anzuelo de ese dañino puritanismo? Mucho se parecía al de los apóstoles, que antes de comprender a su Maestro achacaban el mal a quienes cargaban con el peso de una enfermedad vergonzante. Detrás de la ceguera, de la lepra, de la sordera, incluso del caminar cojitranco, se imaginaban el justiprecio por depravaciones que saltaban de generación en generación, hasta el punto de creer que un pobre lisiado estaba pagando los pecados de sus abuelos.

Pero Jesús nos enseñó que el corazón de Dios, en vez de venganza, está cuajado de gratuidad. Es decir, de un amor anterior a la acción del hombre, sea ésta buena o mala. Por eso sus hijos no pueden apelar a la Ley del Talión sino a la del Amor, que comienza por entregar lo mejor de uno mismo sin esperar recibir nada a cambio, y termina por colocar la mejilla que aún no ha sido golpeada. Y como ejemplo, la Cruz, ante la que las palabras sobran.

Es este otro motivo para comprender que no todas las religiones son iguales, para pinchar el globo del sincretismo y proclamar sin ambages que sólo Jesús conduce a la Verdad, a la felicidad plena del conocimiento de Dios. Un cristiano no puede responder a las ofensas, ni siquiera la las blasfemias. ¡Cuántas viñetas denigran lo más sagrado de nuestra fe! ¡Cuántas burlas acerca de lo que creemos digno de delicadeza y veneración! ¡Cuántas palabras gruesas en contra de la Iglesia, de su doctrina, de la moral, del Papa!... Y no decimos nada que pueda herir a sus autores. Incluso los defendemos si sufren cualquier tipo de violencia a causa de sus abusos frente al credo de otras religiones, aunque vuelvan a manchar nuestras creencias una y mil veces.


La abolición de la Ley del Talión fortalece el empleo de la Justicia, que es la mejor prevención frente al abuso, a veces enmascarado en un pretendido derecho de libre expresión que no conoce límites.  El hecho religioso debería ser una de sus fronteras, garantía también para la paz.
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