26 ene. 2015

Graham Greene (que no es lo mismo, a pesar de su sonoridad, que Golden Grahams, delicioso cereal con miel para el desayuno, capaz de romper en una sentada con todos los compromisos adquiridos con un régimen de adelgazamiento) se estaría frotando las manos ante el caso del fiscal argentino. El presunto suicidio de Alberto Nisman se ha convertido en el comienzo de una novela negra llamada a asentarse en la cima de los bestselers, pues tiene los mejores condimentos del libro de éxito mundial, al que le podrá seguir una película muchas veces versionada y hasta una serie de televisión, ahora que tan de moda se ha puesto el género.
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La novela comenzaría veinte años antes del presunto suicidio de Alberto Nisman, el día en el que el gobierno argentino rompió las negociaciones secretas con el gobierno de Irán para la transferencia de tecnología nuclear. Como bárbara respuesta, agentes de Hezbolá y siete funcionarios iraníes colocaron un coche bomba en la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA). La detonación a distancia derrumbó el edificio, provocando la muerte a ochenta y cinco personas.
Los apasionantes capítulos de este libro llamado al éxito, continuarían con las investigaciones del fiscal del presunto suicidio, con su sorpresa al descubrir –a través de grabaciones de teléfonos pinchados- el pacto bajo cuerda del actual gobierno de su país con el gobierno Iraní, de modo que los petrodólares de la república islámica del Golfo Pérsicopuedan aplicarse a modo de tirita sobre la debacle económica de esa lengua extensísima de tierra que baja de los Andes hasta hundirse en los glaciares.g
Por si fuera poco, el rostro de Alberto Nisman refleja unos extraños rasgos, como si entre medias de su investigación se hubiese sometido a una operación de estética que buscara disimular su entrada en la cincuentena. Divorciado de una abogada que ha conseguido el rango de juez, el presunto suicida parecía vivir entregado a un trabajo febril, sin horas, al tiempo que prefería no escuchar las voces amigas que le pedían que no se enfrentara a la todopoderosa Cristina Fernández de Kirchner, mujer ambiciosa y corrupta, viuda del anterior presidente de la nación, Alberto Kirchner, peronista virojo y corrupto como ella, responsables ambos de la caída en picado en la pobreza de un país que de por sí ya era pobre, a pesar de contar con recursos naturales como para codearse con las potencias de la Tierra, recursos cuyos frutos, en buena medida, engordan unas cuantas cuentas corrientes en paraísos fiscales para mayor gloria de la presidenta y su entorno familiar.
Es entonces cuando llega el clímax de esta novela negra: un día antes de la comparecencia en la Comisión de Legislación Penal de la Cámara de Diputados, a petición de los partidos opositores al de la Presidenta y sus ministros, Alberto Nisman no responde a las llamadas telefónicas de su madre. Es domingo por la tarde, un domingo aburrido en el barrio de Puerto Madero, tan aburrido como pueden llegar a ser los domingos por la tarde en cualquier gran ciudad del mundo. La madre del presunto suicida se presenta en la puerta de su departamento (así llaman en Buenos Aires a los pisos), pero su hijo no atiende al insistente timbre.
Y entonces aparece el cerrajero, personaje secundario pero fundamental para comprender este embrollo en el que todavía no hay culpables. Valiéndose de un humilde alambre, consigue abrir la puerta en la que, cómo no, tenía echada la llave. Él y la madre del fiscal encuentran el cuerpo de Nisman en el cuarto de baño. Como era fácil de prever, tenía un tiro en la cabeza que, a todas luces, sentencia una muerte por suicidio. Sobre su mesa, los papeles con los que estaba preparando la comparecencia que había despertado un apasionado interés entre los argentinos, especialmente en aquellos que están hasta el gorro de doña Cristina, su melena pelirroja y su colección de corrupciones.
Pero -no podía ser de otro modo- las cosas no están tan claras como los hechos aparentan: no hay restos de pólvora en las manos del suicida, aunque la pistola es demasiado pequeña, lo que podría justificar semejante detalle. Sin embargo, ninguno de los allegados del fiscal comprende las razones del suicidio. Se encontraba en el momento más alto de su carrera, iba a entrar en el estrellato, se iba a enfrentar cara a cara con la banda de los Kirchner ante las televisiones del mundo con una acusación que, de ser cierta, podría poner a la gobernanta frente a la Corte Penal Internacional.
El misterio continúa: aparece una huella desconocida en el piso, así como un pasadizo desde el sistema del aire acondicionado… Graham Greene se frotaría las manos, pero desde el Cielo no le es posible enviar semejante manuscrito a la editorial.
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