19 ene. 2015

Dirán que hay personas que ni al borde de la muerte están dispuestas a renunciar a la vileza con la que han vivido. Y tendré que creerles, aunque me hiera. Qué desolación acabar con la conciencia enlodada por el odio, podrida por el horror causado sin ápice de arrepentimiento.

Me temo que así ha muerto el tal Bolinaga, con la única satisfacción de haber paseado, durante más de dos años, la chapela por las Herriko tabernas en las que le reían sus gracias con olor a Goma2, sus balandronadas oscuras como la ratonera en la que abandonó a Ortega Lara, miserias propias del peor miserable.
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Creo a pies juntillas que la vida es un regalo. Nadie nos pidió permiso para salir de la nada a este mundo repleto de contradicciones, de mal y de belleza. Es un regalo abrir los ojos y disponer de otro día para llenarlo de cosas interesantes, para tratar de mejorar, para reírnos en familia y disfrutar de los amigos, para descolgar la mandíbula, con admiración, ante el milagro de las estaciones, de los paisajes que cambian, de la luz, de cada ser vivo, de cada hombre de bien.

Supongo que Bolinaga también vivió de esta manera, siquiera en sus años de infancia. Me imagino que trazaría un dibujo para su madre, que le mecerían los brazos de una abuela, incluso que elevaría al Cielo alguna oración sencilla antes de convertirse en un alacrán.


Ha acabado muerto en su propia picadura, mordido por sus colmillos cargados de veneno. Y el mundo observa su cadáver como el que mira una equivocación.
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