4 ene. 2015

Pobre Platero, con tu cuerpo de algodón y esos ojos que parecen escarabajos de azabache. No sabías que no me van los aniversarios, tampoco el de tus cien primeros años, que se han pasado sin yo advertirlo.  


Aquellos que nacéis cuajados de dones se merecen el homenaje de todos los días, no el de los números redondos. ¿No sabes, Platero, de orejas lanudas y suaves, que cada vez que nace o se pone el sol, hay alguien –a lo largo y ancho de este planeta en el que no se acaba la primavera- que abre las páginas del librito que narra tus andanzas? Mi querido asno, has eternizado los colores de Moguer, de cualquier Moguer que llevemos en la bodega que conserva lo mejor de la infancia, y eso que Platero –lo siento, Juan Ramón- no eres un burrito para niños, al menos no para los niños de hoy.
Quisiera ser como tú, llegar a los cien años sin comprender en qué consiste el paso del tiempo, pollino de esqueleto de alambre y perfil infantil, los cascos apenas una pincelada, la testuz rizada, con pelo de invierno, los hocicos locos por olerlo todo, convencido de que el mundo sólo trae aromas deliciosos, como de barquillo y azúcar.

Te veo, travieso, cocear el aire, embestir a la cabrita, golpear el suelo al compás de los tambores de los gitanos. Te veo, Platero, morir una y otra vez, robarme la pena una y otra vez, obligarme a buscarte por las cuadras vacías de ese libro humilde y tan poderoso. No me canso de buscarte. ¿En dónde estás Platero? Temo que con tus cien primeros años, has decidido marcharte para siempre.
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