1 ene. 2015

Los periódicos españoles le han proclamado, por segunda vez, personaje del año 2014, y eso que a lo largo de los últimos meses no nos han faltado hombres y mujeres a los que elevar al pedestal del asombro compartido, empezando por nuestro nuevo Rey. También lo hizo la revista Time al final de 2013, una referencia periodística mundial en esto de darle portada al hombre o a la mujer que merecen un recuerdo imborrable.

Pero no ha sido Francisco el único Papa en merecer el elogio repetido de los areópagos civiles. También lo fue Benedicto XVI –el “temible inquisidor” que conquisto al mundo con la amabilidad de su fe razonada-, al igual que Juan Pablo II abanderó sin pretenderlo el liderazgo mundial en numerosas ocasiones, para indignación de quienes consideraban al hoy santo polaco un provocador para un pensamiento que había decidido prescindir definitivamente de Dios y sus mandatos.

Me juego el tipo a que Juan Pablo I también cautivó con su sonrisa y su instrucción de dulce maestro a quienes decidían el protagonismo de esas portadas que marcan la pauta de las admiraciones públicas, a pesar de su brevísimo pontificado. De Pablo VI no me atrevo a asegurarlo, pues el beato se les atragantó a causa de su doctrina en tiempos de pretendida liberación sexual, a pesar de que también fue un gigante de la res social y un pacificador de primer orden. A san Juan XXIII, adalid del cambio en lo inmutable, espejo de lo amable que es el encuentro con Jesús, sin embargo, nadie se atrevió a negarle el protagonismo.

El siglo XX y los inicios de este XXI son centurias de papas santos,  ejemplos para los bautizados, satisfacción y esperanza para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, tengan o no tengan fe. Por eso han merecido el palmarés de personajes del año, líderes de cada una de las horas del reloj de la centuria junto a otras personas –por desgracia, no siempre por razones de humanidad-. Lo más curioso de todo es la coincidencia en su autoridad: se trata de los sumos pastores de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, de los representantes en la tierra del mismo Cristo, aquellos que atan y desatan en favor de la salvación de las almas. Son los obispos de la ciudad de Roma, urbe pagana y cristiana a un mismo tiempo.


Me pregunto si detrás de esas portadas, de esas concesiones de Time no se esconde -sin que sus directores y editorialistas lo sospechen- un reconocimiento a Jesús, Rey del tiempo, de las centurias, de los años, los meses y de cada uno de los días con los que se fabrica la Historia. Creo que aquí se esconde la clave de la elección: la necesidad de los hombres –también y sobre todo de los hombres de este milenio tecnológico- de volver a un Dios que se hizo uno de nosotros en aquel Belén en el que dio inicio la culminación del tiempo.
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