16 feb. 2015

A las señoras les entraban unos calores pseudomenopáusicos mientras pasaban las páginas del  libro verduscón, una vuelta de tuerca a aquellas fotonovelas de los setenta en la que aparecían galanes de pelo en pecho (era la época de los Bee Gees, en la que el hombre que no tuviera prestancia de oso no se atrevía a pasear por la playa) en la cama junto a lindezas de permanente a lo Báccara. Lo grave del asunto es que, mientras las noveluchas de quiosco apenas llegaban a las cincuenta páginas y –en un gesto de cierta elegancia- dejaban las escenas tórridas a la capacidad imaginativa de la lectora, lo de las “Cincuenta sombras” roza las dos mil de polvos y carretas a todo lujo de detalle, algo que no soportarían ni los libidinosos mandriles del zoológico de la Casa de Campo.
El éxito de las “sombras” no nos cogió de sorpresa, pues el espectáculo del sexo es una de las máquinas más eficaces para hacer dinero en las sociedades desencantadas. Ante la falta de alicientes, frente a la imaginación obturada y la escasez de ideales, es fácil que la fogosidad imposible de unos personajes de papel anime a  lectoras y lectores a buscar algún consuelo para su afectividad insatisfecha.

Una corbata, una máscara y un par de esposas fueron el reclamo del que ahora se sirve el cine para contarnos la historieta de una señorita que anhela que la sometan a todo tipo de humillaciones y la de un señorito al que le gusta arrear fustazos porque entiende que las mujeres no son sino mulas. Didáctica del sexo le llaman al asunto…
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