22 feb. 2015

La vida profesional de un matador de toros, según la impresión del aficionado, siempre es breve. Lo fue, incluso, la larguísima trayectoria de Curro Romero. Y hasta la de Antoñete. Al fin de cuentas, el aficionado vive sujeto al abono de su plaza -que le cuesta riñón y medio- y de sus contadas ferias (si es que tiene la suerte de curiosear por otros cosos). ¿Cuántos paseíllos por torero, plaza y año?... Uno, dos, tres a lo sumo. Y hasta cinco en el caso de Curro, cuando la Feria se planteaba de otra manera y la Maestranza era más Baratillo que nunca, en vez de un ruedo sin imaginación que cierra sus carteles de toda la temporada en el mes de marzo, indiferente a los avatares de los diestros por las plazas de toros de España y Francia.

Morante no toreó el año pasado. Morante no va a torear tampoco en 2015. Seis ocasiones menos para verle ante la incógnita de doce toros, en los que en un diestro de arte en plena sazón podría dibujar caireles y espantás para que las paladeemos durante el invierno. Qué dolor. Qué injusticia para la afición que lo descubrió, encumbró y que lo espera, siempre lo espera.

Desde que tengo uso de razón escucho, en boca de los que se sientan en los tendidos, que la Fiesta se acaba. Nunca me lo he tomado en serio, pues el aficionado peca de nostalgia y pesimismo. Sin embargo, lo de la empresa, los maestrantes y el torero de la Puebla no tiene perdón, por la salud de este espectáculo que sobrevive gracias a la autenticidad y al que tanto daño hace el cálculo de unos, otros y los de más allá.
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