13 feb. 2015

Aún colean las palabras de Francisco a los periodistas que le acompañaron en su vuelo de regreso a Roma, después del viaje pastoral a Sri-Lanka y Filipinas. Contundente como acostumbra, a la vinculación entre pobreza y población, el Papa soltó que pasar ser buen católico no hay que tener hijos como los conejos.
En la ambigüedad de este mundo (en España hace tiempo que no es posible el relevo generacional), que ha desechado la vinculación entre amor y fecundidad, la opinión del Papa –comprensiblemente matizada, pues en su ánimo no estaba ofender a quienes han formado una familia más que numerosa, elemento fundamental para entender muchos detalles del mensaje cristiano-, sus palabras han desatado todo tipo de chistes de segunda y tercera intención, dirigidos a poner en tela de juicio –una vez más, ¡qué aburrimiento!- la doctrina de la Iglesia respecto a la sexualidad.
Es difícil dialogar con quienes reducen el cristianismo a lo que puede suceder en el interior de una alcoba. Los que se niegan a alzar los ojos por encima de esta estrecha visión del asunto, caricaturizan la fe hasta pretender que junto a cada lecho esté apostado, no sé, un cura que lleve un semáforo de luz verde, ámbar y roja.
Los hijos son una riqueza, un regalo inmerecido para los padres, un milagro para el mundo en toda ocasión, también cuando han sido engendrados por imprudencia y hasta por violencia, ya que a ellos no se les puede achacar la oportunidad de su origen. Los hijos son, en las sociedades opulentas como en las paupérrimas, testimonio de esperanza. Los hijos son, hasta en el peor de los casos, lo mejor de la vida.
Por eso me encanta la respuesta del Papa, aunque suene a exabrupto, pues recoge mi sentir cuando quien juzga desde una pretendida superioridad, denosta la inteligencia y el libre albedrío del cristiano que –pobre o rico- es padre o madre. Un cristiano, salvo que tenga pocas luces (y entonces el problema no tiene relación con su religión sino con sus limitadas capacidades intelectuales), debe de ejercer el don de la paternidad, de la maternidad, como un amor de dación (de darse al otro, a aquel con el que se ha convertido en una sola carne), con la responsabilidad que contempla a los hijos como hijos de Dios y, en ningún caso, como conejos, mamíferos que van sumando camadas sin tomarse un momento de descanso, hasta convertir los campos en una plaga.

La paternidad responsable no exige un número de hijos a ningún matrimonio. No sería lícito que una tercera persona (pongan un sacerdote, si les hace ilusión) le dijera al esposo o a la esposa cuántos deben tener o cuándo es el momento apropiado para repetir la experiencia de la maternidad, ya que cada hijo es un bien en sí mismos, con una dignidad que está muy por encima –de hecho, nada tiene que ver- del número.
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