1 mar. 2015

Le hicieron quitarse la corbata en la puerta del salón en el que, cómodamente, recibe el presidente Castro, Raúl, hermano del tirano del chándal. No iba a quedar bien la fotografía de un ex presidente atildado junto a la de un reyezuelo en guayabera. ¡Y se armó el Belén!

ZP lo sabía. Había llegado a la isla, llorada en tantas habaneras patrias, junto a Moratinos, el otrora ministro de exteriores, compañero de fatigas en aquellos años en los que ambos convirtieron España en un despropósito. El hombre de la ceja no había cumplido, una vez más, con el protocolo establecido para los antiguos presidentes: notificar al gobierno sus viajes al extranjero, que es una manera elegante de ofrecer su prestigio para que pueda ser aprovechado en beneficio de nuestro país. Tal vez ZP no pudiera ofrecerlo. El prestigio, quiero decir. Tal vez en la actual Presidencia le hayan agradecido que en otras salidas al extranjero pasara por un turista más, un turista en primera clase y hotel de cinco estrellas, que es lo mínimo que se merece quien ha habitado los dormitorios de Moncloa.


ZP ya no tuerce el índice sobre sus ojos para suplantar el vértice de sus cejas mefistofélicas, en imitación a la corte de palmeros que -cuando las cosas se torcieron- hizo mutis por el foro. Ahora sigue a rebufo a Moratinos y a Bono, con los que recorre el mapa de los dictadores para cerrar negocios. Supongo que trabajarán a comisión de las empresas que logren cerrar algún contrato con el Obiang de turno. Y si en un descuido el Tirano Banderas aprovecha para inmortalizar el momento, ZP tira de patriotismo para meter en un brete al Ejecutivo que nada sabía de sus excursiones. Ese es su estilo, el de un candor peligrosísimo.
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