9 feb. 2015

El cine español se quitó el disfraz político y se nos hizo amable. Una vez arrancadas las pegatinas, los eslóganes, los desaires, los gestos circunspectos, los puños en alto, la interpretación innecesaria, el discurso forzado y político en el atril donde se entregan premios, donde se recogen premios… brilló la luz mágica de los focos sobre la alfombra de un Madrid polar, el fuego de las lentejuelas, el color de las telas de imposible memoria, la competición de escotes como gargantas y de piernas más largas que una secuoya secular –maldito sea, ser actriz y no levantar un palmo del suelo-.
Por unas horas, el escenario del teatro huele a cinta Super-8, a cuidado que se quema, que ya se quemó y en el acetato chisporrotea una mancha que emborrona la mueca de Charlot, habrá que cortar y pegar, apenas unos minutos en cabina, el tiempo para prenderse un cigarro y recolocar las posaderas en la butaca de sesión continua, qué incómoda, me deja pasar, cuidado que se me cae el abrigo al suelo…
Antes de esta edición de los Goya rascaron las últimas salpicaduras de chapapote, las sombras que aún quedaban de los fantasmas de una guerra y las palabras gruesas contra las autoridades. Ya sé que reivindicaron la supresión del IVA, que eso va en el sueldo de la próxima película. Yo tampoco quiero impuestos en mis gastos habituales, pero no dispongo de un ambón.

Dicen que ganó “La isla mínima”, pero sabemos que fue una de andaluces y vascos la que obró el milagro de devolver al espectáculo que mantenemos entre todos su única misión: entretener.
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