9 mar. 2015

Los primeros en justificar el sinsentido recurrían al beneficio de tener a sus hijos constantemente localizados. Para eso les habían comprado un teléfono móvil, que es una forma un poco cara de tranquilizar la conciencia cada vez que los pequeños salían a la calle. Aquello fue un antes y un después para la historia de la humanidad: el ser humano había renunciado a la libertad a cambio de una seguridad que se tornó en ciberacoso; en el arte de la fotografía desprevenida; en la adicción compulsiva a los juegos electrónicos y a lo peor de internet; en la soledad de las soledades, a la que le bastan los amigos virtuales (todos guapos, buenos, ocurrentes y ricos).

No hay impúber que no salga de casa con una máquina en el bolsillo. A veces el aparatito no podría pagarse con un salario mínimo interprofesional, porque el prestigio del niño se juega en la marca que lleva grabada junto al teclado. En sus gigas y otras menudencias está el ser o no ser que les aúpa a los hombros del triunfo infantil o que les ahoga en la sima del desprecio. Si se lo olvidan en el parque, enseguida reciben otro, mejorado en sus prestaciones. Si se lo roban, apenas necesitan unas lágrimas para recibir otra promesa de eterna felicidad. Si por el qué dirán renuncian a portar semejante antigualla (sigue enviando y recibiendo llamadas, mensajes, wasaps…, pero hace tiempo que dispositivo no se estila), ya teclean uno nuevo.


Han inventado unas pulseras electrónicas que nos dicen, en todo momento, en dónde se encuentran nuestros niños. Son las esposas de hogaño, las argollas que colgaron al cuello de los esclavos, pero de diseño y con toda clase de gadgets. Una vuelta de tuerca a nuestras estúpidas frustraciones.
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