13 abr. 2015

No se ha inventado peor tortura para este escribiente que salir de compras. Me gustan las tiendas, sí, pues no soy un misántropo ni presumo de vivir según la regla de San Francisco. Pero me gustan cuando lo que ofrecen son objetos decorativos, libros, obras de arte, bagatelas, material de pintura o alguna curiosidad que no sea fácil encontrar en un gran almacén. Porque la tortura se me hace infinita cuando ese ir de compras significa desaparecer bajo el cemento y cristal de esos centros comerciales en los que es fácil acabar por llorarle las penas a un maniquí sin pelo, ojos, orejas ni boca.
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Esa será la razón por la que me duran tanto los pantalones, escondo los rotos y los manchurrones que no se van con la lavadora, defiendo con uñas y dientes aquellas camisas que se merecen una feliz jubilación y no me importa llevar los calcetines zurcidos, como no me duele que las marcas en los ojales del cinturón sean memoria de aquellos años en los que lucía un tipo más lucido. Todo, con tal de no ir de compras, ese salir a por ropa, por zafarme del empeño de mi mujer en que me compre una nueva prenda y me vea obligado a entrar en un probador.

No es necesario describir esos cuartuchos en los que la intimidad pende de una pobre cortina o una portezuela que te dejan al aire –a la vista de cualquiera- los pies cuando te descalzas y dejas al aire el final de tus piernas blanqueadas por el invierno, cuando dejas caer las perneras y se te arrebujan en los tobillos, cuando haces equilibrismo porque en ese cubil no hay espacio para estirar los brazos ni alzar un pie, para probarse cómodamente aquello que habíamos juzgado que nos sentaría tan bien y que, ¡maldita sea! no hay forma de que nos ate.
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