14 abr. 2015



África es un hormiguero sobre el que el radicalismo da patadas. Y como desde nuestro cómodo sillón en el que jugueteamos con el mando a distancia, todos los negros nos parecen iguales, los africanos son las hormigas que van y vienen en una huida enloquecida ante nuestra indiferencia. 
No pretendo caer en demagogias acera de la culpabilidad, porque ni en las manos de mis generosos lectores está la solución de tamaña tragedia, ni en las de este torpe escribiente el consuelo para las riadas de desplazados (hombres, mujeres, ancianos y niños que huyen de la muerte y del secuestro). Sin embargo, tengo la convicción de que nuestro mundo y el mundo africano –tan cercanos geográficamente- forman planetas distintos que apenas tienen relación entre sí, a pesar de los sin papeles que venden bolsos de imitación en cualquier rincón de nuestra geografía y de las oportunidades de inversión que nos ofrecen países como Angola o Namibia. 
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Tal vez necesitemos, con permiso de Saint-Exupéry, un niño rubio coronado de candor, que salte de asteroide en asteroide para llevar serenidad a esos pequeños a los que buscan los terroristas de Boko Haram como lobos sedientos. ¿Cómo aplacaría el Principito su miedo? ¿Qué confidencias recibiría de esas niñas que son carne de prostíbulo miliciano? ¿Se llevaría nuestro héroe desarmado, escondidos bajo su levita, los temblores que causa el pánico? ¿Se traería a nuestro viejo planeta lágrimas de azúcar, sangre pintada con trazos de cera? ¿Se vendría con los narcóticos que les convierten en guerrilleros? Ojalá yo tuviese los arrestos para escribir una novela en la que el Principito no quiere regresar solo a Europa. Quizás llame a las estrellas para, sobre cada una de ellas –como si fuesen caballitos de mar-, subir a esos niños sin nombre ni historia.
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