26 abr. 2015

Si me pongo a trazar una jerarquía de los vicios, no dudaría en coronarla con el pesimismo, que no es la melancolía que distingue algunas personalidades sino el empeño en contemplar el mundo tras una óptica oscura, que convierte los actos virtuosos de los demás en causa de sospecha y el mal en un <<si ya te lo había dicho>>, refrendo de la ausencia absoluta de esperanza.

Hay razones objetivas para el pesimismo, dirán muchos. Basta abrir la prensa y concluir que el ser humano no tiene solución. El listado de horrores se antoja interminable: crímenes, droga, corrupción pública, terrorismo, fenómenos naturales, atentados contra el medioambiente, guerras, rupturas, odios, robos, peleas, abandono, soledad… Por si fuera poco, la facilidad que hoy tenemos para acceder a la actualización instantánea de la información nos provoca el sentimiento de que el mal nos persigue, nos abate, nos salpica, nos empacha y nos derrumba. Entonces aparece la sentencia definitiva del pesimista: <<si las cosas están como están y apenas vivimos dos días, ¿para qué luchar por ser bueno?>>. Y del pesimismo se pasa a la envidia hacia aquellos que se enriquecen ilícitamente. Y de la envidia a la codicia. Y de la codicia a la ira. Y de la ira a la frustración. Y de la frustración… Y se va completando la rueda de la infelicidad.

El pesimista es víctima de una soberbia crónica por la que desprecia a quienes creen que las cosas pueden ir mejor, al depender de la fuerza de voluntad de cada uno en ahogar el mal en abundancia de bien, que es hacer lo que se debe y estar en lo que se hace. Además, el pesimista es una rémora que al resto de la sociedad no le queda otro remedio que aguantar con paciencia, por haber desarrollado los resortes para aguar hasta la fiesta más alegre y divertida.

Me viene a la memoria un hombre aciago al que le apodaban “Mequieromorir”, y no solo porque aquel ocurrente mote reflejaba su estado sempiterno de ánimo sino porque allí donde acudía despertaba la tensión de que, en efecto, él o cualquiera de los presentes podía morirse en cualquier momento a causa de la tristeza que exhalaba y de sus cenicientas opiniones sobre cualquiera que fuese el tema de conversación. Para “Mequieromorir” la vida sólo podía ir de mal en peor. Y cuando hablo de la vida me refiero a que si lucía el sol, en cualquier lugar se estaba preparando un temporal; si se celebraba que alguien había encontrado trabajo, había que tener en cuenta que al fantasma del desempleo; si una conocida esperaba un nuevo hijo, a quién se le ocurre traer otro retoño al mundo; si se daba a conocer una enfermedad, ya estaba pensando en la corbata negra.


El pesimismo es incompatible con la salud personal, familiar y laboral. También es incompatible con la fe, pues un pesimista no puede dar razón de haber sido llamados, sin mérito alguno por nuestra parte, a la aventura maravillosa de la eternidad.
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