28 abr. 2015

Cuando la tierra se abre para deglutir ese país que es la cima de los pobres, para tragarse a los aventureros que gastan su dinero en la ascensión al techo del mundo, las redes sociales, ajenas al dolor, continúan ofreciendo la mejor de nuestras poses.

Al igual que no nos fotografiamos recién salidos de la cama (aunque, vaya usted a saber, que hay obsesivos que de todo hacen una instantánea), tampoco regalamos al infinito digital un retrato del que no nos sintamos satisfechos. Puestos a renovar la imagen de nuestro perfil, que sea merecedora de toda suerte de halagos (“¡Tío bueno!”, escribía una descerebrada en Facebook, debajo de la fotografía de su abuelo). Pero, si a pesar de todo, el objetivo no consigue ocultar las arrugas del tedio, nos llegan nuevos inventos al alcance de cualquier bolsillo, de cualquier manazas informático, para convertirnos ipso facto en merecedores del premio universal a la belleza.
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Todo apariencia; todo mentira. Ojos de un color que no es el nuestro. Sonrisa blanqueada por una herramienta de pantalla y no por el flúor. Unas canas que de pronto desaparecen, como se borran las patas de gallo y esas ojeras que lo dicen todo acerca del interior de nuestra conciencia. Apariencia de apariencias. Vanidad de vanidades. Ya nada cuelga. Tampoco hay papada ni granos, verrugas ni pecas odiosas. Se han recogido las orejas de soplillo, nos hemos limado el mentón sin tener que soltar un ¡ay!, nos hemos rebajado la nariz y redondeado los pómulos. ¡Guapo!


Tú y yo somos una reproducción pop de Warhol, pero sin colorines extravagantes. El mejor perfil de la Preysler y de Julio Iglesias superpuestos, sin tener que arrearse un lingotazo de zumo de limón antes de poner un pie en esta Tierra a la que en ocasiones le da por temblar y romperse, como nos rompe el tiempo. Mientras, nos dicen, alguien pide socorro debajo de los cascotes.
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