21 abr. 2015

No se ha inventado oficio más negro que el de verdugo. En aquella España carpetovetónica, que no fue sólo la de Franco (al general de El Ferrol le lanzamos todas las mondas de la patria, como si su memoria fuese un muladar), a los condenados a la pena capital se les daba matute sin que ninguna liga se manifestara a las puertas de la cárcel. En la calma de una mañana de domingo, el ceniciento verdugo –¡qué bien lo contó Berlanga sobre aquel texto escrito a cuatro manos con Rafael Azcona!- se encargaba de engrasar el garrote vil para que la palanca no se atorara delante del juez, del alcaide y del sacerdote, en un gesto de respeto al condenado, a pesar de que con el capuchón no podría hacerse una idea de las tácticas estrangulantes de aquel triste funcionario.
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Lo que para nosotros es historia, evocación terrible en el museo de nuestros horrores, en la mayoría de los países del mundo es actualidad. El Estado ejerce la pretendida justicia divina sin despeinarse. Pero no sólo el de las dictaduras bananeras o el de las naciones del caos, esas a las que los cursis vienen a llamar “Estados fallidos”. También en yanquilandia lo practican que da gusto desde tiempos veterotestamentarios. Allí sus verdugos son muy buenos profesionales, capaces de inocular un veneno eficaz, incoloro e inodoro (lo que tiene dos acepciones), que mata que da gusto, tanto como el voltaje de sus sillas eléctricas o como sus manuales para interrogar a prisioneros de guerra. Pero la justicia divina no está en manos de los hombres; el FBI acaba de confesar que muchas de las sentencias se han ejecutado en inocentes, que es un modo elegantón de reconocer que en el Cielo hay presos sentados sobre las nubes que siguen sin entender el porqué de su punto y final.
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