10 may. 2015

La monarquía es un privilegio hereditario. La monarquía constitucional, además, facilita que el Rey cumpla su papel a través de unos cometidos precisos y tasados, de tal modo que su forma de ser se refleja a través de detalles mínimos y no fundamentales (un guiño, una sonrisa, un gesto adusto, una entonación, unas palabras robadas por un micrófono inoportuno y hasta el testimonio no contrastable de algún bocazas como José Bono), que de ninguna manera ponen en riesgo la fortaleza del monarca, siempre estable para siempre darnos estabilidad.
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Todo este prólogo didáctico para opinar acerca de los dimes y diretes acerca de la vida privada de don Juan Carlos y doña Sofía, a los que el cambio de registro vital parece haberles entregado a los leones, es decir, a los plumillas después de 40 años de prudente y exigible silencio, pues si la clave del invento secular es el carácter hereditario y las atribuciones que señala la Constitución del 78, excelentemente cumplidas, ya me dirán ustedes qué nos importa lo que sucedió una vez los monarcas regresaban de sus actividades a la intimidad de palacio. Por otro lado, ninguno de esos periodistas conseguirá jamás una confirmación o desmentido de los protagonistas a semejante riada de conclusiones ad mortem de las obligaciones que asumieron durante su largo reinado.
Si don Juan Carlos no ha sido fiel a sus compromisos matrimoniales, allá su conciencia. Si doña Sofía ha soportado con estoicismo una suma casi infinita de infidelidades, allá su conciencia, por más que una y otra actitud nos resulte más o menos decepcionante, más o menos admirable, sobre todo si las analizamos desde el riesgo y la ayuda que una y otra han supuesto para la imagen del matrimonio real, en bien de ese reinado que nos ha dado algo más que la efigie de sus protagonistas en monedas, billetes y sellos.
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