13 may. 2015



Comencé el septiembre de mis diecisiete años con dos firmes propósitos: comprarme una moto y tener novia. Lo primero era la aspiración de todo adolescente urbanita y, en mi caso, dependió del Segunda Mano, sobre el que repasé una vez y otra los anuncios, para descontar aquellos –la inmensa mayoría- que no casaban con mi endeble presupuesto ni con la limitación de no tener carné. En lo segundo tuvieron mucho que ver las limitaciones de mi encanto (un profesor me advirtió que se me estaba poniendo cara de lápiz) y con las calabazas de las susodichas, por lo que decidí dejarlo en un prudente stand by, a la espera de alcanzar un poco más de sentido común.
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Me recuerdo contando y volviendo a contar los billetes de mil y dos mil pesetas antes de cerrar aquella importante transacción. Me hubiese gustado regresar a casa con una Vespa, pero –acabo de indicarlo- me faltaba parné y carné. De haber podido, le habría colocado una pegatina de Snoopy (la mascota del depresivo Carlitos, personajes de la inigualable tira cómica de Schulz) sobre una de las tapas del motor. Creí que con el perrito blanco y el ronroneo de aquella motocicleta de tripas voluminosas, no cabía sino llevar a una preciosa mujer como paquete.
Fue una Cady, roja y con cesta, como de “Verano Azul”. Tan feliz me encontraba sobre aquel caballito de fuego, que al detenerme en los semáforos le metía gas, apretando el asfalto con los pies para que rugiera, sin desplazarse, sobre las tardes otoñales de aquel Madrid del final de los ochenta. En las cuestas arriba me superaban hasta los autobuses de la EMT. Cuesta abajo también, pero qué libertad sentía al driblar los coches, al superar los atascos con la agilidad de quien echa a correr por un laberinto de boj.
No fue una Vespa y nunca me acompañó Snoopy. Pero, ¡qué feliz!
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