26 may. 2015

El tiempo coloca las cosas en su lugar, ergo la verdad acaba luciendo sobre los estrambotes de la mentira. Porque nos contaron que monseñor Oscar Romero, beato entre los santos de la Iglesia, fue abatido a balazos –mientras celebraba la Eucaristía el lunes santo de 1980- en un oscuro complot que no dejaba bien parados a los defensores de la ortodoxia católica. Por aquel entonces, no eran pocos los medios de comunicación que al referirse a la Iglesia usaban los tópicos de la reducción marxista, como si el abrazo de San Pedro comprendiera dos bandos irreconciliables. El de los malos, como es de suponer, lo lideraba el hoy colega de Cielo del arzobispo salvadoreño, san Juan Pablo II, culpable de que el anhelado aggiornamento se hubiese quedado congelado en la última sonrisa de san Juan XXIII (vamos de santo en santo…). El de los buenos, como también es de suponer, correspondía a los cabecillas de lo que se llamó Teología de la Liberación, cuya base teológica, según los doctores en la materia, era más bien inexistente. Aquellos redactores y enviados especiales pretendieron convertir a monseñor Romero en un incordio para Roma, y para ello manipularon sus constantes reclamaciones a favor de los campesinos y en contra del gobierno salvadoreño y su ejército, con el reduccionismo interesado de quienes, en sus crónicas, obvian que las obras de misericordia obligan a todo cristiano, sin banderías.


Monseñor Romero, que acaba de unirse al amplísimo martirologio del siglo XX, tenía una visión del hombre ajena a las divisiones. Sin ir más lejos, conoció y admiró a san Josemaría Escrivá. De hecho, eligió como director espiritual a un sacerdote del Opus Dei, señal de que la política no tiene cabida en quien se convierte en pastor de todo un pueblo. También conoció y admiró al beato Pablo VI, denostado por la derecha y por la izquierda, y fue Wojtyla –el malo de aquella novela- quien ordenó la apertura de su proceso de canonización, que Francisco acaba de resolver con el primer paso hacia la veneración universal.
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