1 jun. 2015

Nací en el inicio de aquella década en la que los mayores se vistieron de marrón, con pantalones acampanados, cuellos de camisa y de chaqueta desmesurados y apreturas que debían resultar bastante incómodas. Llevo el sino de los setenta, que nadie recuerda con la tristeza y las privaciones de la década de los cuarenta, la autarquía y cierta felicidad de los cincuenta o la magia de los sesenta, que comenzaron ciertamente serios para terminar al ritmo lisérgico de la música ye-ye, sino con el aire de descomposición de un mundo antiguo que se quedó, definitivamente, en blanco y negro, y la Democracia que se presentía. Claro que todo lo escrito lo comprendí cuando me hice mayor. Por aquel entonces ignoraba el desdoro de que mi Libro Escolar se abriera con el Águila de San Juan, a pesar de que fue durante los primeros compases del reinado de Juan Carlos I que cursé parte de aquella EGB en la que los niños comenzábamos a desaprender, antes de que a las pobrecitas víctimas de la LODE (LOGSE después), sin culpa que achacarles, se les inocularan pequeñas dosis de veneno, fundamentales para que hayan terminado votando a Podemos.
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La educación es el arma más eficaz en manos de los gobernantes españoles. En ella vuelcan su irreprimible vocación de dictadores a escala de legislatura. La excusa que han utilizado para colar tantos goles al sufrido pueblo, no es otra sino librar a la infancia del estudio del listado de los Reyes Godos a cambio de un adoctrinamiento en la nada (una clase de educación sexual, por ejemplo, impartida por un desequilibrado), un ir pasando de curso en curso a pesar de que la chiquillería no sume méritos ni formación suficiente para regentar un puesto de pipas. Gracias a tanta medianía –de la que usted y yo, posiblemente, somos arte y parte- España se sembró de campus universitarios coronados por rectores que desprecian la investigación, algunos de ellos agentes del neocomunismo de coleta, que han desarrollado un perfecto manual para convertir la Universidad en un campo en el que las ideas se defienden a golpe de tuerka.





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