19 may. 2015

Hace unos años un colega de las letras y buen amigo me advirtió del riesgo que corría al enfrentarme con mis artículos de opinión al lobby gay, tan eficaz está siendo su larguísima y calculada campaña para que la sociedad no sólo acepte, sino haga suya -hasta defenderlas a capa y espada- todas y cada una de sus disparatadas imposiciones. Estas, por supuesto, no se refieren al respeto que merece cualquier persona, sin necesidad de que nos abajemos a examinar el abanico de las prácticas sexuales. Sería de locos jugar al descarte tomando por razón el celibato, la fidelidad conyugal, una relación extramatrimonial permanente, la infidelidad por bandera o la variedad de tendencias afectivas que puede experimentar el ser humano.
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Otra cosa es quedarse callado ante la publicidad permanente de las reivindicaciones de la maquinaria gay –tal vez sería interesante matizar que gay no es lo mismo que homosexual; una cosa es la política y otra la condición-, que se resume en el alegato sentimental de lo imposible. Nadie va a convencerme de que el matrimonio es algo diferente a la unión estable de un hombre y una mujer, cuya finalidad –además del proyecto común de una amorosa convivencia- es la procreación y crianza de los hijos. Un hombre no se puede casar con un hombre. Tampoco tener hijos. Ni una mujer con una mujer. Tampoco tener hijos. Lo permita o no lo permita la Ley. Y no sólo por razones morales sino de sentido de realidad. Aunque la tecnología haga posible casi todo, nunca cambiará la naturaleza de las cosas, por más que nos empeñemos.


Así que celebro que el primer ministro de Luxemburgo sea muy feliz al lado de la persona a la que ama, y viceversa, al tiempo que me entristece el uso torticero de ese imposible –el del matrimonio-, cuya único objetivo es que continuemos llamando blanco a lo que es negro, adocenados en el paraíso de la mentira.
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