29 jun. 2015

Mientras la mitad del mundo se debate en los sufrimientos que acarrea la guerra, el terrorismo (un rosario diario de bombas, en el que no nos molestamos ni en sumar víctimas),  las fuerzas de la naturaleza, que envía tifones, riadas, lava y terremotos… Mientras la mitad del mundo, digo, se debate bajo el hierro de sus tiranos, el tráfico de armas, las plantaciones en las que enraíza la industria de la droga, la trata de blancas y el negocio de la inmigración ilegal... Mientras en la mitad del mundo, vuelvo a decir, hay gente que lucha por la libertad y los derechos básicos, el desarrollo y las mejores condiciones de vida de sus compatriotas, el establecimiento de un comercio sujeto a justicia, la creación de empleo, la formación de sus ciudadanos –desde la educación básica a la maestría con la que poder competir con los jóvenes de por aquí-, la promoción de la mujer y el cuidado de la infancia… Mientras la mitad del mundo, remato, pelea un combate repleto de incógnitas, aquí volcamos nuestra lucha en el abanico de las posibilidades sexuales, como si la tendencia venérea fuese el motor que hace girar la Tierra.
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Hemos hecho de la decadencia una sopa boba con membrete de Ley. Porque decadente (en el sentido de impostura que viene a finiquitar nuestra civilización) es el movimiento por una pretendida igualdad entre dos realidades que no tienen un solo punto en común (me refiero al matrimonio y, por ende, a la familia, y a la convivencia de carácter afectivo y sexual entre dos personas del mismo sexo, a las que, por si fuera poco, aupamos a la ejemplaridad, el orgullo y el heroísmo con un desfile histriónico y la decisión del Tribunal Supremo de los EEUU, contemporáneo oráculo de Delfos). 


Tras el matrimonio gay (infértil por naturaleza) viene la adopción –continuación del tobogán decadente-, la fecundación artificial y el vientre de alquiler, justificaciones de una institución imposible que, además, convierten a los niños en cobayas.
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