30 jun. 2015



La cosa va de drones, juguete que despierta los nervios del espionaje, último capricho de quienes han convertido su vida en un salto de gadget en gadget y tiro porque me toca, ojo del Gran Hermano que nos vigila desde las alturas, como si las cámaras ocultas que salpican el paisaje no fueran suficientes. Sus alas las carga la corriente eléctrica y el mismo diablo. Que se lo digan al hijo de Julio Iglesias que casi se queda manco, sangre de artista sobre el escenario, muerte soñada por todo Enrico Caruso que se precie, aunque no sé si Caruso hubiese cambiado su pleuresía por los cortes de un platillo de plástico.
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El activismo feminista, que se encuentra en horas bajas desde que el activismo gay le robó su desmesurada cuota de poder, también ha acudido a la tienda electrónica y se ha dejado una pasta en un dron. Pero no en un dron cualquiera sino en un modelo de alta gama, capaz de transportar en su panza, junto al silencioso motor, unos frascos de píldoras abortivas. El trayecto teledirigido partió de Frankfurt (donde las salchichas), cruzó el río, y aterrizó en Küstrin, pueblo polaco (donde la sopa de remolacha). Allí lo aguardaba un grupo de feministas del mismo activismo (y, supongo, de la misma organización), para vigilar que nadie robara el dron mientras desenroscaban el frasco para repartir pastillas a las polacas encintas, que no disponen del amparo de una ley para abortar.

A mis hijos les encantan las salchichas (especialmente las de Frankfurt) y repudian la remolacha. Sólo de pensar que esta última puede servirse en sopa, sienten ganas de vomitar. Si me sentara a narrarles la hazaña del activismo feminista germano-polaco, no dudarían en mandar una carta de pésame al mismísimo Oscar Mayer. Cosas de niños cuando son otros niños los que sufren la cerrazón del activismo.
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