24 jun. 2015



Los héroes de la viñeta clásica no solían morir si su nombre se colaba entre los elegidos. Fue el caso de Tintín, que quedó varado en las primeras páginas de aquel álbum –“El arte Alfa”- apenas bosquejado en el que sí murió su padre adoptivo, Hergé, quien en su testamento prohibió la continuación, por parte de sus colaboradores, de las aventuras del monigote que convirtió en leyenda.

Tampoco murieron el Jabato ni el capitán Trueno, que son más nuestros, aunque los niños de ahora ni lo sepan ni les interese conocer aquellos tebeos que no tienen traducción a la medianía virtual de sus videojuegos. En un devenir continuado que desconocía qué es la paz del guerrero o qué significa cumplir años, los valientes españoles –tan parecidos en el físico que pudieran ser hermanos gemelos, a pesar de la distancia histórica en el que se desenvolvían sus aventuras- se las veían con romanos de las últimas boqueadas del Imperio, mongoles, turcos, chinos, reyezuelos del África negra y musulmanes, miles de musulmanes con cimitarra, raptores de odaliscas para su harén, preferentemente cristianas, hispanas y de rubia melena (por este orden), por las que interrumpían el viaje no concluido a los Santos Lugares, razón vital para el capitán Trueno como para el Príncipe Valiente de Harold Foster, plantilla de calidad excelsa para crear los valientes guerreros que entretuvieron a la chiquillería en la segunda etapa del franquismo.
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Entre los lances preferidos de Trueno y el Jabato –un Espartaco capaz de saltar de siglo en siglo-, con gusto se habría colado un viaje por Siria, allí donde los terroristas del Estado Islámico sortean –en 2015- mujeres infieles a los ganadores de un trivial acerca del Corán, lo que hace pensar que se trata de un libro compuesto por miles de suras por memorizar. Al igual que sobre nuestros tableros de cartón coleccionamos quesitos de colores, ellos forman su lujurioso serrallo mediante el abuso, la coacción, el maltrato físico y la violación repetida.
Los ejércitos del mundo occidental podrían emular al Jabato. Las fuerzas especiales de nuestro mundo, al capitán Trueno. Pero antes hay que aventurar el coste de la intervención y el posterior reparto de petróleo y gas. Cuestión de prioridades.
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