22 jun. 2015

La renovación del PP tiene el sabor del «ya no lo haré más» con el que los niños rematan casi siempre su arrepentimiento. Claro que sus padres conocen mejor que nadie hasta dónde llega el propósito de la enmienda de los pequeños, reincidentes habituales en sus travesuras o en esa negativa a no comerse la verdura.
El cataclismo social que han provocado las elecciones municipales y autonómicas prometía otra clase de remodelación en la casa popular. Así lo exigían todos los votantes que prefirieron no pasar por el colegio electoral y los que regalaron su papeleta a Ciudadanos, cansados no sólo de la corrupción o de la larga penitencia con forma de paro, IVA e impuestos, sino de la silenciosa pasividad de don Mariano, que llueva o truene sobre España, observa impasible el horizonte como si la tempestad no fuera con él.
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Renovarse es otra cosa: abrir los armarios para que se oreen, darle el matarile definitivo a la ropa pasada de moda, salir a la calle con la ilusión de parecer y ser distintos. La renovación, para que sea auténtica, exige un cambio interior que sólo se consigue gracias al confesionario o al diván de un psicoanalista.
Para renovarse hay que hacer un viaje a los orígenes y analizar dónde estuvo el error que nos condujo al fracaso, consecuencia habitual cuando se abandonan los ideales.
En los peones a los que el presidente acaba de dar la alternativa, hay tres caras nuevas –o no tanto– y una que se repite como el ajo, cabeza repetida de cartel, viejo ministro y mandamás de la cosa mucho antes de que nacieran algunos de los cacareados delfines. Más allá, ¿qué hay de la renovación del compromiso con una sociedad hastiada del juego político y molesta, muy molesta, con estos muchachos mal encarados, violentos incluso, que nos ha traído la marea de la irresponsabilidad popular?
Don Mariano mira a un lado, al otro, parpadea, se encoge de hombros y no abre el pico.
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