16 jun. 2015



En el teatro de la vida los muertos son de verdad y se nos cuelan, como mosquitos por las redes del verano, a todas las horas, hasta provocarnos un hastío disfrazado de indiferencia. El recorrido de esas muertes repetidas (¿cuántas, cada día, en todos esos países que no sabemos colocar en un mapamundi?) se nos antoja lejano, materia para llenar unos minutos del telediario, siempre los mismos minutos, en una noticia que se repite todos los días sin que nos demos cuenta y que tiene el soniquete de un ventilador en el programa tres, ideal para quedarse adormecido.
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Un coche bomba, una bomba en un coche, un niño muerto, los muertos son diez niños, un atentado suicida, un suicida autor de un atentado, un poblado arrasado, uno más, el Estado Islámico que avanza, Boko Haram que avanza también para, entre las dos cabezas de la misma víbora, hacer de los olvidados el relleno de un bocadillo de sangre.
Como a este lado del mundo el teatro de la vida no nos gusta, preferimos los muertos en technicolor, con sus efectos especiales y su sangre de mentira. Y como de mentira hablamos, que sean los improbables dinosaurios los responsables de soltar dentelladas y provocar la desolación de las palomitas y el sorbo de refresco. Ojalá la barbarie fuese un invento digital para hacernos pasar un buen rato. Ojalá ganaran siempre los buenos. 

Ojalá nuestros niños pudieran sentarse en una sala climatizada junto a todos esos niños que serán pronto asesinados para convertirse en pasto del olvido, y acabarán sus días sin conocer la magia del cine, donde las balas no duelen y el mordisco de un tiranosaurio rex es, en realidad, una carantoña con la firma de Spielberg.
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