6 jul. 2015

Se alzan una y mil voces para que una cadena de televisión deje sin estrenar un concurso que tiene como argumento a las mascotas y sus habilidades. Va, por ejemplo, una señora de la calle Sierpes con su jilguero y le hace entonar “María de la O”, y a lo mejor se lleva el favor del público, que le premia con una nueva oportunidad, es decir, otra ocasión para que se luzca el pajarito, que bajo el foco y las cámaras se atreve con el “Ave María” de David Bisbal. O se presenta un señor con su bolsa de caracoles, y en vez de hervirlos para comérselos, los coloca juntos para ver cuál es el primero en llegar a una meta. Y si el domador de gasterópodos conquista al jurado, recibe la ocasión de rizar el rizo, o séase, de poner a los moluscos a saltar a la comba y, por qué no, llevarse un pellizco de dinero.
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¿Por qué molesta que las mascotas estén al servicio de sus dueños? Con voz agria dicen que no quieren tigres en los zoológicos ni leones en los circos. No quieren perros que sepan aullar como Raphael. No quieren gallinas que salten ataviadas con un gracioso tutú de primera bailarina. Indignados, apelan a los derechos de los animales, desconocedores de que sólo el ser humano es digno de derechos, pues es el único capaz de asumir responsabilidades.

Los animales, también los de compañía, deben de ser tratados, al menos, con la atención y el cariño que en casa le dispensamos a Pipa, una reinona peluda dueña de un ladrido que lacera los tímpanos; o a Guismo, un gato azul de conmovedor ronroneo; o a las tres tortugas que vagan por el jardín; o a los agapornis que colorean la terraza; o a Philip Book, un conejo de angora que odia el agua; o a los periquitos que curiosean un nuevo nido de madera. Eso sí, son animales para el disfrute de sus dueños, lejos, muy lejos, de las burdas proclamas de aquellos que quisieran coronar a una cabra.


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