27 jul. 2015

Hablar del tiempo es un recurso universal para salir del paso. Estos últimos días, por encima de Grecia, los nombres y apellidos con los que Podemos se nombra aquí y allá, los chalanes con los que el PP financió sus campañas, la baraja de valientes sinvergüenzas que han vivido del sobre y el contrato público, los amores seniles de Vargas Llosa y una mujer que viene acompañándonos desde que nos salieron los primeros dientes (por aquel entonces, se casaba con un cantante sonriente que no vaticinaba tantos éxitos. La muchacha le debió de coger gusto al ceremonial), el cumplimiento de cuentas de la señora presidenta de Andalucía y el penúltimo órdago de Mas y sus barretineros… Por encima de todo esto, rabiosa actualidad, insisto, los españoles nos hemos dedicado a hablar del tiempo porque el calor infernal lo condiciona todo: la vigilia y el sueño, el consumo de electricidad en aire acondicionado o la destreza para golpearse la pechera con los vuelos del abanico.
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El ser humano es menos complejo de lo que parece. A fin de cuentas nos afectan fenómenos que están muy por encima de nuestro control, como el calor, capaz de avinagrar el carácter hasta al buey Apis, y de distraer todo aquello que juzgamos prioritario, porque más que el peligro de una debacle económica, la administración de ayuntamientos que amenaza finalizar como el rosario de la aurora, el “coge el dinero y corre” de los mafiosos que pululan alrededor de los dos grandes partidos, las cenas con velita del Nobel peruano y la filipina, la horita corta que le deseamos a doña Susana o el dale que dale y dale de los catalanes, está la necesidad de dar carpetazo al curso, hacer las maletas y buscar un lugar distinto en el que refrescarnos los pies.


Ando con mi familia en la Gran Bretaña. Por aquí también se habla del tiempo. De hecho, si quieres hacer amigos es el único modo de iniciar una conversación. Pero los ingleses no se hacen cruces cuando me escuchan eso de los grados que calcinan España -ya que para ellos la religión es algo serio con el que no se puede frivolizar- sino que componen un gesto de doloroso asombro.
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