13 jul. 2015

Javier Krahe –a quien Dios tenga en Su gloria- ha sido un hombre de imagen derrotada, expresión más bien depresiva, voz muy limitada, literatura ocurrente y estrella más o menos parpadeante. Supongo que de haberlo conocido de cerca mi percepción sería distinta, pues el trato matiza casi todos los juicios y nos hace ver que detrás de un halo oscuro se esconde, con total seguridad, una suma de malas experiencias de cuando uno todavía no era dueño de su voluntad y otros ejercieron la autoridad con el abuso propio de los engreídos.

En todo caso, Krahe parecía vivir al socaire de las reglas, en una anarquía aburguesada de corte parisino, en la que las soflamas necesitan de un programa de televisión, a la espera de la ducha caliente y un rato de lectura en zapatillas antes de irse a dormir. Ese es el recorrido del compromiso con el que se suele festejar a los muertos de izquierdas –si es que Krahe cabía en la izquierda-, cuando tras rendir la vida se transmutan en héroes civiles por no se sabe qué actos ejemplares. Cocinar la figura de un Cristo ante las cámaras tiene poco de compromiso y mucho de falta de tacto y de mala guasa. No tener ni siquiera el gesto de pedir perdón por tan grave ofensa a los sentimientos religiosos, revela hasta qué punto importa el responsable ejercicio de la libertad y el respeto por la libertad y la dignidad de nuestros vecinos. Una pena, porque el recorrido judicial de aquella fea historia –de la que salió absuelto- hizo mella aún más honda en la tristeza de Krahe, quizás porque no es fácil vivir sin querer asumir el daño gratuito de algunas de tus ocurrencias.
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Javier Krahe era una de las estrellas musicales en los primeros programas de Fernando García Tola, junto a Sabina y un tal Alberto Pérez. Su gesto hierático mientras desgranaba sus humorísticos versos desencantados, nos hacía reír. Éramos niños y no sabíamos aún que la vida muerde. Parece que a Krahe le mordió. Lo decían sus ojos vencidos.
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