17 ago. 2015

Hay un hombre con el cuerpo abierto en dos, como si fuera un libro. Hay un hombre cuya sangre empapó la arena. Hay un hombre que antes de entregarse al cirujano -en sus manos enguantadas estaba el poder para retener la vida que se le escapaba a borbotones- reclamó la ayuda de la Virgen. Hay un hombre que repitió gestos muy parecidos a los de su padre, quien treinta años antes quedó a merced de un toro para ofrecer una lección de hombría a quienes caminamos de puntillas ante cualquier peligro, por pequeño que sea.
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A Huesca llegaron los ecos de aquella tarde dramática de Pozoblanco, en la que un gladiador cincelado en éxitos y dolores entregó involuntariamente su gloria para mostrar que la Fiesta Nacional asienta su grandeza en el riesgo de quienes utilizan su destreza para burlar las embestidas de la muerte, en una baza que sólo se atreven a jugar aquellos que aceptan la quemazón de una herida que te lleva al hule o que, de un empujón, te conduce al Campo Santo.
Hay un hombre que esta temporada regresó a los ruedos sin más necesidad que la de colmar su ambición y finalizar su carrera. Ni es torero de mi devoción ni se encontraba en su mejor momento, pero le admiro como admiro a todo aquel que es capaz de cruzar el portón del miedo por un amor desmedido al mismo animal que porta un cuchillo en cada yema, vocación hacia la más arriesgada de las danzas, el único oficio que merece el calificativo de heroico por lo que tiene de verdad.
A ese hombre, mientras su aliento pendía de un hilo, le han deseado la muerte desde el anonimato de las redes sociales, que es un nuevo modo –canalla, cobarde y delictivo- de ejercer el terrorismo verbal por parte de quienes desprecian la libertad y el patrimonio cultural de todos los españoles, nos gusten o no nos gusten los toros.
Quien desea la muerte y lo proclama a los cuatro vientos, es un criminal al que no debe brindársele otro camino que el que lleva directamente a prisión.


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