23 ago. 2015

La muerte deja varada en el corazón una lengua de recuerdos, como cuando baja la pleamar y el paseante se ve obligado a sortear las esquirlas de los naufragios que ha escupido el oleaje. Rumiaba estos pensamientos mientras viajaba por el litoral cantábrico con la espina de un adiós doloroso y manso a la vez, pues acaba de fallecer mi tía Paloma, un referente en mi vida a causa de las muchas limitaciones físicas y psíquicas con las que se vio obligada a vivir, pero, sobre todo, por esa genialidad infantil que portan aquellos que vienen al mundo sin posibilidades de auparse en la espuma del éxito: la inteligencia, la belleza, el dinero y el poder, tontas esclavitudes para los que logramos madurar sin saber que, a cambio de la espuma, se nos exige la pesada carga de la amargura, la envidia, la soberbia y demás recua de pecados capitales, afilado cuchillo del que los débiles están exentos.
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A los niños tarados se los mira con desazón y el alivio de no ser nosotros quienes velamos su naturaleza herida, sin querer comprender que detrás de las dificultades indisimulables de un cuerpo y una mente parpadea –como en una joya magistralmente pulida- una luz que contiene el milagro de transformar la fealdad de la enfermedad, del condicionante, en instrumento para nuestra conversión en gente de bien.

Mi experiencia lleva el nombre de Paloma, su compañía tantas veces silenciosa, su colección de ideas sensatas e insensatas, sus frustraciones que apenas duraban un instante, sus ocurrencias que nos hacían romper en carcajadas, la inquietud ante su futuro mientras ella vivía en un presente apaciguador, el deseo de verla más a menudo, la distancia física que lo impedía y, de pronto, inesperada, la enfermedad que se ha sumado a su enfermedad y que le ha llevado, con la categoría propia de los elegidos, a morir en una paz que transforma mis lágrimas en la esperanza de un reencuentro que deja en nada, tonto de mí, esos éxitos de espuma que para ella eran un rato de tertulia, el disfrute del reencuentro, de un paseo, la fuerza de nuestras manos entrelazadas, de una mirada, de un no te marches sin decirme adiós.   




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