8 sept. 2015

El cuerpo varado de ese pequeño al que -una vez hemos visto su fotografía, como un delfín que acaba sus días en un arenal- tantos quisiéramos haber adoptado, nos viene a decir que es mentira la voluntad de los líderes mundiales por resolver los dramas de la humanidad. Esa imagen, esa única imagen es suficiente para que las Naciones Unidas se hayan reunido de urgencia para formar, todos a una, un auténtico y eficaz ejército de Paz que ponga punto y final a cualquier guerra en cualquier punto de la Tierra, para clausurar las rutas del comercio de armas, para destituir, juzgar y condenar a los responsables de los conflictos, de la huida, la desesperación y la muerte de la población civil, sin remilgos, sin que sean las jugosas bolsas de materias primas las que, una vez más, les hagan mirar de soslayo el dolor de los inocentes.


La fotografía va a quedarse pronto sin calor, como el cuerpecito del infante, para convertirse en una curiosidad que pasará a los anales del fotoperiodismo. Nuestra disposición a hacernos cargo de los niños que padecen la guerra también se difuminará, y volveremos a contemplarlos en las imágenes que sirve la prensa con la indiferencia de lo cotidiano. Las olas que han besado su piel blanquecina y los peces que lo velaron en su triste cortejo hacia la costa turca, ya han vuelto a sus movimientos cíclicos.

Ese niño nunca entendió la razón de los bombazos y los golpes de metralla. Ni por qué las milicias se empeñaron en destruir su ciudad. Ni por qué los soldados de un ejército amigo les ayudaron a llegar a un campo de refugiados. Ni por qué sus padres –junto a otras familias que lo habían perdido todo- decidieron buscar la seguridad de la vieja Europa. Ni por qué esa barcaza estaba repleta de rostros temerosos. Ni el origen de las lágrimas de su madre y de su padre, a los que nunca había visto llorar. Ni por qué la zozobra de la embarcación y el latigazo del agua helada. Ni por qué su cuerpecito se hundía. Ni por qué fue dejando de ver la luz, confundida con las profundidades. Ni por qué esa muerte angustiosa, sin una caricia, sin un acompañamiento, sin nadie que lo acunara.
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