1 sept. 2015

 Me confesaba la peluquera, al tiempo que con sus tijeras triscaba mi levantisco flequillo del verano, que una vez fue a Pamplona en Semana Santa porque le gustan mucho los toros, puntualizando, acto seguido, que ella no está “a favor de las corridas”, como si el espectáculo taurino provocara urticaria a la civilización posmoderna, o como si el ejercicio de su profesión le obligara a practicar el fanatismo del buen rollito, que es un apuntarse a lo que dicen las tendencias, con más fervor cuanto más estúpido sea el motivo por el cual la gente se imprime un eslogan en la camiseta. Desconoce la simpática profesional del corte que en Pamplona, por Semana Santa, no hay toros, como tampoco sabe que el declive de las democracias occidentales –la nuestra es un ejemplo- enraíza en ese listado del pensamiento único que, en realidad, es la suma de los caprichos ideológicos de quienes cuentan con el empuje del dinero falaz.
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La temporada taurina está que arde por la autenticidad del espectáculo. Entre cornadas gravísimas avanza el pelotón de los que se enfundan la seda y el oro, así como entre triunfos clamorosos que hacen de este espectáculo un aliciente para que España siga siendo tierra de hombres capaces de asumir el riesgo con tal de pasarse un morlaco alrededor del vientre, dispuestos a crear belleza y emoción.

La Fiesta de toros no tiene nada que ver con la flamenca de plástico y el abanico hortera. Mucho menos con el desprecio a uno de los animales más fascinantes. Es la aplicación de la inteligencia y la destreza frente a una criatura que vende muy cara su vida, sin otra ayuda que la de un picador que atempera las embestidas, de unos rehiletes que se colocan a pecho descubierto y que buscan alegrar a la fiera, de unas telas que se rasgan con el leve roce de los pitones.

En muchas ciudades españolas los perros y los gatos doblan a la población infantil. La mayoría de esos animalitos están castrados y su adecuación a los pisos les ha hecho perder el sentido de su existencia, condenados al aburrimiento de un platillo con pienso seco. El toro galopa libre, come y bebe a sus anchas, garantiza el ecosistema más puro de la Península y crece para lucir su bravura.

Lástima que mi peluquera, como tantos, haya caído en las redes de la estulticia.  


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