18 oct. 2015

Le tenía por un cantante regulón, al que le salvaba el porte de señorito andaluz, así como una simpatía que lo mismo le ha ayudado a presentar un concurso que a irse de bolos teatrales con Arévalo, cómico al que le cubre el polvo caído desde el Un, Dos, Tres, el programa más bobo de la televisión del felipismo. Pero, mira tú por donde, Bertín Osborne (perdón por el ripio), que tiene apellido de brandy y de cuernos engominados, se ha sacado de la manga uno de los mejores espacios de la televisión del siglo XXI, en la que todo es fútbol, pelanduscas y sarasas chillones, series de todo trazo y color. La fórmula es sencilla: Bertín invita a un personaje a su casa para charlar de lo divino y lo humano; el personaje se trae a Bertín a la suya para hablar de las mismas cosas. Todo acompañado por una música agradable –a los realizadores no se les ha pasado por el magín recurrir a los “grandes éxitos” del conductor del invento- y la sensación de que la conversación es tan natural como si Jesulín, Pablo Alborán, Lolita, Pablo Motos, Carmen Martínez-Bordiú o Mariló Montero hubieran tocado el timbre de mi casa (o de la suya, lector), para tomarse un aperitivo y contarme su infancia, sus errores y aciertos, sus dolores, sus amores y sus metas.

A través de esas conversaciones sin prisa, en las que el invitado también pregunta (Mariló parecía una “topadora”, como dicen los argentinos), Bertín ha confesado con naturalidad sus secretos: desde esa madre a la que añora y a la que su esposo hizo sufrir, al daño que a su primer matrimonio causaron sus repetidas infidelidades, para acabar en la calma que le han traído Sandra y su nueva camada, especialmente Kike, el hijo enfermo, cuyo cuidado es un canto a la dignidad de los más débiles.

La cara más humana de Bertín me ha hecho reír y llorar (su relato de la noche en la que murió Paquirri; el fallecimiento de su primer hijo en sus brazos), como si yo fuese un tercer integrante de la tertulia.
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