22 oct. 2015

Los sueños, lo demostró Magritte en muchos de sus lienzos, son una sucesión de absurdos, cargados de interés para el soñador –sobre todo cuando los experimenta con intensidad- e intrascendente hilo musical para quien no tiene otro remedio que escucharlos –mi mujer, por ejemplo, que mientras los describo se bebe el café con la cabeza puesta en cualquier otra cosa-.

Desde que Freud tumbara a medio occidente en un diván, la traducción de los sueños (el mundo paralelo, los reflejos en la caverna de Platón) ha ganado el interés que le negaron las generaciones anteriores, que no se detenían a contemplarse el ombligo.
Soñar no es una actividad exclusiva del ser humano: también lo hacen los animales, al menos los perros, como he podido comprobar. Algunos menean las extremidades como si en su fábula disparatada estuviesen persiguiendo una liebre o como si la liebre –no se admite el sueño si no se admite la pesadilla- persiguiera al can. No así el gato (el mío, al menos, burgués y azul, como el de Roberto Carlos, roncaba desmadejado, como un trapo).

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¿Cuál es el origen de los sueños? Chi lo sa. Porque, ¿quién es el guapo que se atreve a dictar las razones de lo que sucede en una imaginación liberada del control de toda voluntad? Mis noches las ocupan, muchas veces, los muertos familiares, como en una inquietante película de Amenábar. Se presentan a la puerta de mi casa después de un viaje larguísimo –ha durado los años que han pasado desde que fallecieron-, para demostrarme que su acabose fue un paripé. Hay testimonios de hombres y mujeres a quienes los sueños les trajeron un eco del futuro o la confirmación de que algún ser amado perdido en la distancia y en los azares, se encontraba bien. Hay testimonios repetidos de aquellos que se ven en la calle sin zapatos, sin zapatos y sin calcetines, sin un trapo con el que ocultar sus vergüenzas.

Leo que unos investigadores españoles han teorizado sobre la actividad selectiva que los sueños hacen en los sucesos de la jornada anterior, como si fuesen una goma de borrar. Pudiera ser, pero allí donde no hay reglas, insisto, en la máxima expresión de la anarquía, de poco sirven los tratados, aunque vengan avalados por la mejor de las universidades.


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