16 oct. 2015

Recuerdo un artículo dominguero del doctor Vallejo-Nájera, aquel psiquiatra que conmovió a  toda España cuando narró a cuatro manos –aprovechando las de José Luis Olaizola- el renacimiento espiritual que le supuso saber que padecía un cáncer de páncreas sin vuelta atrás. Escribía el intelectual (además de médico, fue exitoso divulgador y novelista, voz reconocida en los debates, coleccionista de arte y atrevido pintor naif) que siempre le pesó su condición de hijo de la Guerra, lo que traducía en el natural reparo a dejar un resto de comida en el plato. Poco importaba que el almuerzo o la cena tuviese lugar en su propia casa, en la de un amigo hacendado, en la de un humilde servidor (como los que atendían su finca de recreo) o en Palacio (habitual como era en algunos convites reales); poco importaba que lo servido resultara para él la más fina golosina o la más repugnante de las porquerías: el recuerdo del hambre le impulsaba a dejar la vajilla impoluta, por más que aquello del hambre no hubiese sido una experiencia propia sino narración de aquellos cuyas circunstancias les obligaron a comer, para su desgracia, pan negro.

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Por mi edad y circunstancias, desconozco la experiencia atroz del hambre. Por fortuna semejante fantasma no revoloteó sobre mi generación, la de los nietos de aquellos que vencieron y perdieron, los que se quedaron y se marcharon, los que regresaron a sus quehaceres después de unos años de juventud de trinchera y polvorín. Y, sin embargo, como Vallejo-Nájera, nunca entrego un plato en el que reste algún bocado por comer. Supongo que se debe a la sempiterna cantinela de aquellas mujeres de mi infancia, que cuando llorabas delante de las lentejas hacían mención a aquellos años de pesares –¡qué debieron padecer los españolitos para acarrear la sombra de la gazuza incluso en tiempos del feliz desarrollismo!- y a los niños del África del Colacao, “negritos” del Domund, para quienes nos ofrecíamos, en un gesto de irónica magnanimidad, a buscar un sobre en el que meter aquel vomitivo guisado antes de echarlo al correo.

Si me disculpan, me voy a tomar un bocadillo.


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