5 oct. 2015

La hipocresía de Occidente no conoce límites, como si por nuestra historia de “niños buenos” desconociésemos en qué consiste la guerra, o como si por esta misma experiencia consideráramos que la guerra hay que jugarla con las cartas boca arriba, de tal manera que no haya posibilidad de trampa ni cartón. De igual modo que al-Asad, que los rebeldes sirios, que los terroristas del Estado Islámico no paran mientes sobre el destino de sus bombas ni de sus morteros, sino que procuran que cada uno de sus ataques deje el mayor número de muertos, la versión más espantosa del caos y la destrucción, no caben dudas acerca de que los ejércitos francés, ruso y estadounidense vayan a detenerse –cuando el objetivo se encuentra en el punto central de la mirilla- a valorar el contenido ético de sus disparos.

Como siempre, el problema está en el origen, en la raíz. Me explico: la primacía tecnológica de Occidente debería utilizarse para prevenir esos teatros de la guerra que ahora nos espantan. Hay razones estratégicas y económicas por las que no se ha querido evitar lo evitable: que la rebelión que se transformó en una guerra civil haya sido el detonante de una masacre. La sorpresa fue que el ISIS se sirviera del caos hasta convertirse en una tercera fuerza. La sorpresa ha sido que la huida de refugiados que siempre causa la guerra, haya sido tan masiva y haya, además, venido a buscar acomodo en el corazón de Europa.

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En estos años, los gobiernos de Occidente han contemplado de brazos cruzados las masacres en todos y cada uno de los países donde la Primavera Árabe devino, primero, en un ajuste de cuentas con los sátrapas, segundo, en un toma y daca entre los distintos grupos que aspiraban al sillón vacante y, tercero, en la depuración de la minoría cristiana. A fin de cuentas, cada uno de aquellos sátrapas fueron socios tolerados y corrompidos por los intereses occidentales. A fin de cuentas, lo prudente era esperar cómodamente a que el tablero de la guerra indicara a quién convendría apoyar. A fin de cuentas, si los cristianos eran ciudadanos de tercera, para qué jugársela por los hijos de una fe –en teoría, la nuestra- desde un Occidente sin Dios.

Los aviones de occidente han tumbado un hospital, llevándose por medio a enfermos, enfermeros y médicos: es la guerra. 







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