6 oct. 2015

Al ser humano le cuesta quitarse de encima los milenios vividos bajo la bota del clan, en los que el hombre más fuerte agarraba el bastón de mando para imponer lo que le venía en gana y aquello que juzgaba mejor para el grupo, antes de que uno de los chicos que con toda probabilidad había engendrado y que, con los años, había comido de su mano, le hundiera el nombrado bastón en el cráneo para sustituirle, en el lugar de honor, junto a la hoguera. De aquellos polvos estos lodos, en los que nuestra tranquilidad sigue precisando un macho alfa que venga a imponer sus reales allí donde lo normal sería que las decisiones fueran colegiadas.

La mayoría de los gobiernos del mundo, democráticos o no, tienen su gorila con cartera. En las empresas también lidera el macho alfa, que es un chico con máster y corbata, incluso una muchacha con tres idiomas y una mala leche atronadora, dura e inmisericorde, sobre todo con las de su sexo y más si estas pobres están casadas y son madres.
El macho alfa se hace notar desde los primeros años, en el colegio, cuando no se sabe por qué un mindundi sin experiencia se hace el amo del lugar, y no precisamente para servir y proteger, sino para imponer la dictadura del más rancio de los poderes. De hecho, hay niños que ya se golpetean el pecho como copitos de nieve desde la misma cuna, hasta doblegar la voluntad quebradiza de sus padres, a quienes tiranizan con la potencia del llanto, advertencia de la pesadilla que está por venir.


Las novatadas son un resquicio de lo peor del clan, un pellizco del gen tribal que no acaba de oxidarse, una imposición del macho alfa sobre el carácter dúctil de sus palmeros, dispuestos a infligir cualquier daño al inocente con tal de recibir una caricia en el lomo. Hablo de las novatadas de estas calendas, en las que la broma ha perdido proporción gracias a los excesos editados por Youtube, en los que nada merece una carcajada si no media un susto con calidad suficiente para provocar un paro cardiaco o si la gracia no trae consigo una humillación que ni el más versado de los psicoanalistas pueda destejer. Sé que en los colegios mayores universitarios las han proscrito, dándoles título de falta suficientemente grave para una expulsión. Tampoco existen en el ejército desde que la mili pasó a ser tabarra de quienes pintan canas. Pero haberlas, haylas, tantas cobijadas detrás de la cobardía de un mensaje de móvil.
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