1 oct. 2015

El mundo está dejando de leer. Es una realidad que a los escritores nos provoca una corriente fría por el espinazo. Las cifras de ventas se han desplomado, rompiéndose  los infinitos universos que vienen cosidos a los libros, especialmente a las novelas. Y tal vez porque hay menos lectores que nunca, así camina de perdido el mundo. El disfrute en el que el espíritu buscaba la convivencia con personajes repletos de experiencias enriquecedoras, se lo lleva el ocio digital, que por no exigir esfuerzo intelectual y por poseerse de un solo vistazo, se ha tragado la llave cultural que ha movido los siglos.

Las novelas, las grandes novelas, enseñan mucho, tal vez más que la propia vida a causa de su capacidad para enfrentarnos a situaciones para nosotros imposibles. Por ejemplo, confieso haber aprendido mucho de uno de los personajes de mi última lectura, Konstantín Dmítrievich Lyovin, el protagonista más sólido de “Ana Karenina”, que no deja de ser una dama que cae en desgracia a causa de su adulterio y que provoca en el lector -¡qué maravilla cuando la Verdad se refleja en la literatura!- un sentimiento de compasión y misericordia. Lyovin es un terrateniente amante de la Filosofía, cuyas lecturas (especialmente por el deslumbramiento que le provocaron los pensadores materialistas) le han alejado de la fe, sumiéndole en una desesperación que le hace pensar en el suicidio ante el sinsentido de la vida. Sin embargo, termina por redimirle el bien que ha ido practicando a lo largo de los años, especialmente con los agricultores que tiene contratados y aquellos a los que llama durante la siembra y la recolección. Nunca les ha negado su ayuda; nunca les ha hecho esperar cuando necesitaban hacerle partícipe de sus problemas y necesidades. Por eso, en el momento en el que más profunda es su crisis intelectual, brilla la luz de sus buenas obras, que vienen a restaurar todo aquello que los filósofos contrarios al espíritu habían roto, reflexiones que fueron alimento del marxismo y, por ende, del comunismo que sumiría ese inmenso y frío país en setenta años de infierno.

El devenir del bueno de Lyovin, que poco después del nacimiento de su primogénito se dejó seducir por los encantos de Ana Karenina (es un hombre de carne y hueso, con pasiones y virtudes), y que Kitty, su esposa, cristiana cabal, logra reconducir, me evoca al de tantos hombres y mujeres que terminan por llegar a Dios desde la increencia gracias a su rectitud de intención, que les ha ido empujando a llenar los días de atenciones a los demás, especialmente a los que sufren. En ellos casi siempre llega un momento en el que la oración surge espontánea, como si Jesús llevara años sentado a su vera aguardando el instante en el que, al fin, a los ojos nublados se les caen las escamas.
La lectura –el disfrute- de estas semanas, en las que “Ana Karenina” ha sido mi compañía, me impulsa a observar el mundo con otro talante. ¡Qué de personas buenas nos rodean! ¡Cuánta gente de gran corazón va y viene por las calles! ¡Junto a cuántos –cientos, miles, cientos de miles…- Dios está pacientemente sentado, a la espera de que la rectitud de intención difumine su ceguera!
El final de esta larguísima novela me empuja a buscar otra, porque sin libros (me doy cuenta), yo también soy un pobre invidente.


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