15 oct. 2015

En Europa estamos asistiendo a un fenómeno inquietante: día sí, día también los medios de comunicación nos asaltan con alguna noticia escandalosa relacionada con la Iglesia (habría que puntualizar: con miembros de la Iglesia). Casi todos los recortes tienen que ver con la depravación sexual de algunos ministros. Una tristeza, qué quieren que les diga, aunque no deja de ser casual que los editoriales no escondan una sorprendente expectativa: que los prelados reunidos en sínodo junto al Papa, para trabajar aspectos relacionados con la evangelización en la familia, se sientan interpelados a cortarle las piernas a la moral cristiana –moral del hombre, pues no es únicamente propia de los católicos- para adecuarla al sino de los tiempos, es decir, a la podredumbre de un mundo que continuamente gira alrededor de los placeres venéreos de carácter ilícito. Ellos saben que si se rompe la comunión eclesial, naufragaría la única institución religiosa que se mantiene firme a sus principios.

Pero la inquietud no sólo tiene que ver con los que hostigan a la curia. También con los fieles pusilánimes que, ante la catarata de noticias escandalosas, dudan de la promesa de Cristo acerca de la firmeza de la Iglesia ante las asechanzas de Satanás. Se ha inoculado el veneno del miedo, que hace cuestionarse a muchas personas la buena fe del Papa, así como de la pervivencia del Catecismo,  obra cumbre del pontificado de Juan Pablo II gracias al trabajo del por entonces cardenal Ratzinger. ¿No es ese el trabajo de la víbora? Que los buenos pierdan el aliento mediante la propagación de la mentira.

Uno se asoma a la historia de la Iglesia y aprende que los azotes del enemigo vienen de antiguo. De hecho, del minuto cero en el que dio comienzo esta misericordia del Cielo. Apostasías, excomuniones, escándalos… han sido el pan nuestro de cada día, como pan nuestro han sido los testimonios santos de tantos hombres y mujeres de variadísima condición (desde Papas a campesinas). Pero si nos focalizamos en los últimos cuatro siglos, llegaremos a la feliz conclusión de que por fuertes que sean los embates, la Iglesia no cambiará en su esencia (en la esencia de su doctrina) ni sucumbirá al odio.

Francia es un magnífico ejemplo. La Revolución de la que tanto nos jactamos en los países democráticos, fue mecha que prendió una terrible persecución religiosa. Los gobernantes, en todas las escalas del poder, renunciaban a su fe y muchos de ellos se echaban a los brazos de oscuras logias masónicas. Más tarde, Napoleón, encarceló al Santo Padre y amenazó a un cardenal con el fin de la Iglesia. Éste no dudó en desengañarle: <<No podrá porque ni siquiera nosotros, los fieles católicos, lo hemos conseguido>>.

Se refería el purpurado a la medianía de los cristianos, quienes sobre los hombros no portamos magníficas obras para la admiración del mundo sino, más bien, una colección interminable de toda clase de pecados. El secreto es que Jesús carga con ellos. Y que, además, su Amor y la Gracia de sus sacramentos despiertan en un puñadito de fieles el afán por ser mejores, por anhelar la santidad. Es la sal de la tierra, esos pellizcos minerales con los que la obra, observada desde cierta perspectiva, es admirable. El calendario está repleto, como decía antes, de hombres y mujeres que vencieron las dudas y el miedo.





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