26 oct. 2015

Julio Iglesias publicó un doble disco en concierto, a principios de los ochenta. En España se utilizó como promoción de su gira más importante, en la que por primera vez un cantante patrio abarrotaba un recinto tan grande como el Bernabéu, acontecimiento que en casa vivimos entintados en sepia, es decir, alrededor de un transistor porque José María García, el célebre “Butanito”,  lo radió en directo, como si se tratase de la final de un Mundial. En la contraportada de aquel álbum (cómo me gustaba mirar y volver a mirar aquellos LPs, en los que era tan fácil aprenderse los nombres de quienes se encuentran detrás de cada canción) había una leyenda firmada por el mismo Iglesias: “El frío se siente cuando las luces se apagan”, modo de hablar del final de la magia que encierra un espectáculo que hace del artista un héroe ante el que se rinde el público cautivado.

“El frío se siente cuando las luces se apagan”, porque los focos se recalientan y no hay parné para la factura de la luz, luz que es metáfora de la vida, en la que los otrora cantantes melódicos cuyos trinos venían acompañados de la compostura de un galán, van perdiendo la voz al compás de los años y las arrugas, aunque se sometan a la más salvajes de las cirugías plásticas.


El reto del héroe es identificar el momento en el que su fuerza empieza a flaquear, para hacer mutis por el foro y así no caer en el ridículo o la conmiseración a ojos de aquellos que le amaron. Lo explica muy bien la película “¿Qué fue de Baby Jane?”, en la que el ocaso de dos estrellas del espectáculo provoca la locura de una Bette Davis consumida por una espantosa vejez, amargada por el eco lejano de los aplausos.


Julio Iglesias acaba de sacar nuevo disco (dice que es el último), ahora que le cuesta modular la voz. Camilo Sesto ha aparecido en televisión con el rostro de una muñeca de feria y se atreve a entonar un estribillo cuajado de gallos. El retiro, muchachos, es el secreto de la inmortalidad.
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