9 nov. 2015

Vivimos tiempos recios, en los que los niños abdican pronto al candor porque la obligada ausencia de sus padres ha provocado que la televisión e internet sean sus malditos educadores. Algunos adultos creen que los pequeños maduran antes a causa de esos hogares silentes, a causa de las crisis familiares que les hacen espectadores de desencuentros y rupturas que conducen, maldita sea, a la soledad.

Llevo doce años buscando escritores en miniatura, adolescentes a los que contagiar la pasión por la palabra escrita. A lo largo de este tiempo he comprobado que dicha madurez no llega, o si llega les alcanza cada vez más tarde, como si su infancia viciada por los detritos de los mayores les impidiera comprender qué es la responsabilidad.

Las niñas, por ejemplo, ya no quieren ser princesas, como en la canción de Sabina, y en los recreos hablan de la iniciación sexual al compás de lo que aprenden en clase, en la tele y en el ordenador. No es raro que entre ellas blasfemen como las viejas sardineras de Santurce, pero con menos gracia, y que para relacionarse a través de las redes sociales utilicen un lenguaje barriobajero decorado con emoticono.

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Pero hay momentos y lugares en los que me confirmo en que la feminidad es un valor por el que padres y profesores debemos pelear. Lo pelean en el colegio Entreolivos, a las afueras de Sevilla, donde me colé durante el ensayo de su coro de voces blancas. Las alumnas estaban ordenadas en un semicírculo según el tono de sus voces, correctamente uniformadas, atendiendo a las indicaciones de la directora musical, respondiendo con sonrisas a los amables comentarios del pianista, valorando la belleza de los dos violines que suman a la coral la intensidad de la crin y la madera. Las piezas que escuché venían salpimentadas con un oleaje de movimientos armónicos, destellos de un baile elegante. Me quedó claro que esas alumnas conocen las reglas del saber estar, que con su feminidad están conquistando las condiciones de la mujer-mujer, tan necesaria para la salvación del mundo y tan lejos de aquellos parámetros trasnochados del feminismo.
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