21 dic. 2015

Me encanta el reto, en el día siguiente a las elecciones generales, de escribir un artículo ajeno al vértigo que trae la política, ahora que nuestro destino lo deciden aquellos niños a los que el bipartidismo ha impedido –con toda clase de leyes interesadas- recibir una educación de calidad, lo que viene a demostrar que la libertad reside en el conocimiento; que no cabe democracia en una sociedad que utiliza la formación intelectual en beneficio de una ideología.

Los distintos gobiernos han diseñado para España un guirigay educativo en el que lo menos importante son los educandos. La Ley obliga a la inscripción de los niños, desde muy pequeños, en la escuela, pero en un tipo de escuela que está patinada de mediocridad, causa del bajo rendimiento académico y del fracaso escolar. Es la Ley (la interpretación torticera de la Ley) la que mediatiza el derecho de los padres y de los centros educativos a aspirar a una educación excelente, entre otras cosas porque el Estado entiende los conciertos como una dádiva que obliga a contraprestaciones como, por ejemplo, que los otrora prestigiosos colegios de educación diferenciada por sexos hayan tenido que pasar por el aro de la educación mixta (opción válida, pero no la única ni, necesariamente, la mejor), o que las condiciones para recibir las ayudas económicas sea la medición milimétrica de las ventanas, las instalaciones deportivas, que se hable la lengua cooficial en el patio… pero no la competencia de maestros y profesores, su formación continuada, su capacidad pedagógica con los alumnos, con los padres de los alumnos y con sus colegas. Por eso los conciertos se han convertido en el caramelo con el que los consejeros de educación someten a las direcciones de los colegios privados a su capricho, el berbiquí que hace los agujeros por los que cae la sabiduría hacia la sima de la nada.



No sorprende que en la boca de los candidatos a estas elecciones se haya vuelto a utilizar la educación como una prebenda al servicio de la ideología y no como un derecho de todos. Así nos va.
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